Hemos pasado el mes de agosto en Quintanilla, así que no he podido editar mi comentario de cumpleaños hasta hoy.

En efecto, el pasado 14 de
agosto me cayeron 77 años. No pude editar el escrito habitual de todos los años
en esta memorable –para mí- fecha porque estábamos en Quintanilla, territorio
libre de internet y escaso en cobertura. Fue un día bonito que comenzamos
haciendo uno de nuestros habituales paseos. Esta vez el día amenazaba unas
temperaturas impensables en la zona, y media España ya ardía sin piedad, por lo
que llevábamos días haciendo los paseos a primera hora para estar a eso de las
once a refugio dentro de casa y poder aguantar la jornada. Optamos por recordar
los tejos de Hijedo y entramos por la Chernolica dejándonos envolver por los
robles, la hayas y los acebos, que cada vez se multiplican más. A poco de
comenzar el trayecto comenzamos a ver los primeros tejos jóvenes, hasta llegar
a los más viejos con sus raíces abrazando la roca desde la que se elevan sus
troncos dispersos, porque en su día el homo sapiens le arrancó el tronco
central para aprovechar su dureza, aquilatada lentamente durante décadas, y
convertirlos en sólidas vigas. María me hizo una foto de recuerdo. Al poco de
seguir el trayecto nos paramos en el mirador que tiene unas vistas impagables
que permiten contemplar la mayor parte de la masa forestal de Hijedo. Nada más
acercarnos a la Cabaña, ya comenzaron a ladrarnos desde lejos los mastines que
suelen estar acompañando al ganado en sus alrededores. María les tiene
auténtico pánico, así que, de la misma,
vuelta para atrás. La parte baja de la Tejeda nos quedó sin ver, por lo que la
visitaremos en otra ocasión en lo que queda de vacaciones.
Tenía previsto asar una
ijada de bonito en la hornacina del muro dedicada a esa función, pero no nos
pareció recomendable ponernos a hacer fuego en unas circunstancias
metereológicas tan extremas. Así pues,
nos planteamos una comida de picoteo con alguna exquisitez que otra. Este año
nos ha tocado celebrar el cumpleaños en la más estricta intimidad, pero también hemos sabido secarle gusto a esta
circunstancia. Da la casualidad de que esta fecha va a marcar un antes y un
después en nuestra organización familiar y que afectará irremediablemente a
nuestro modus vivendi. Hemos puesto en venta la casa de Quintanilla y tenemos
pensado poder sustituirla por otra vivienda más sencilla, más cercana y
cambiando el monte por el mar. Claro, que esto no es un simple trueque de
sitios. Lleva consigo un cambio de percepción de la naturaleza y del paisaje,
de las actividades lúdicas, de la relación social… O sea, que además de lo
exterior puede que traiga consigo un revoltijo de tripas, de sentimientos, de
logística y un nuevo desafío para reinventar nuestro plan de vida.

Desde muy temprano
comenzaron a llegarme las felicitaciones de los más asiduos. También recibí otros
mensajes de whats app que nunca suelen fallar y a través del correo me llegaron
un montón de felicitaciones de condiscípulos de los años catapún, lo que fue
una muy grata sorpresa. Siempre cierra capítulo Irene que ha adquirido la
costumbre de no felicitarme hasta la hora exacta en la que estaba registrado mi
nacimiento, las veinte horas. Algunas familiares esperaban una niña, porque en
aquella época eso de saberlo durante el embarazo ni se soñaba. Se trataba de
las conjeturas y de las observaciones de las mayores que les hacían prever las
características del feto, sin contar con que un año antes se había muerto una
hermana al poco tiempo de nacer y preveían una sustituta. Por lo que veo no
acertaron para nada y eso que hasta tenían preparado el nombre, que lógicamente
iba a ser Begoña dada la fecha de la tradicional peregrinación de los bizkainos
a la basílica. Solo le pido a Dios, como dice la canción, que todo esto sea
para bien y que al año que viene, a ser posible, pueda escribirlo en este blog.