martes, 5 de septiembre de 2023

75: cambio de paso


 El pasado 14 de agosto me cayeron los 75 años. Siempre me había impresionado este número, sin saber por qué, pero, ahora que me ha caído encima, me voy haciendo a la idea. Toca cambio de paso. Pero no solo de andar, sino también a otros niveles. El verano ha transcurrido plácidamente en Quintanilla con los trabajillos típicos de las casas de pueblo, que más que trabajos son hobbys o deporte rural, como yo les llamo, y con largos paseos entre bosques, praderas, la orilla seca del pantano y roquedos. Este año no hemos tenido tiempo para seguir buscando petroglifos. No sabemos si en las fiestas se ha organizado algún recorrido más. El día 14 bajamos a Barakaldo para celebrar mi cumpleaños con nuestra hija Irene y esas fechas coinciden con S. Roque, patrón del pueblo.


Otros son los elementos que me han marcado el cambio de paso en este cumpleaños tan señalado. Resulta que en una pesada casual comprobamos que había bajado ocho kilos de golpe en relación con la última vez que me pesé antes del verano. Fui a la farmacia para comprobar si la báscula doméstica me estaba tomando el pelo, pero no: dio el peso exacto. De paso comprobé que había encogido cinco centímetros en relación a mi última ficha de baloncesto de mis años de estudiante en Salamanca. Ya me habían dicho algunos vecinos que había adelgazado mucho, pero yo no les di importancia pensando que se trataba de esas cosas que se dicen sin más en las conversaciones intranscendentes.



Volvimos a bajar a Barakaldo para acudir al centro de salud y enseguida me mandó la doctora los análisis de rigor y una radiografía. Pues no acabó ahí todo. Al día siguiente salgo de casa a primera hora camino del gimnasio y compruebo que ando raro: no puedo levantar el pie izquierdo ni hacer el gesto típico del pie para andar. Así que nos presentamos donde la doctora con dos problemas a falta de uno. Después de examinarme escribió un informe y me mandó a urgencias de Cruces. Cinco horas entre que me hicieron un par de pruebas y que, por fin, los neurólogos estudiaron mi caso y me llamaron: nuevas pruebas, rehabilitación y vitaminas. De mi pérdida de peso nadie encontraba una razón suficiente, así que llamarán los internistas de Cruces, que, a la postre, me han remitido a S. Eloy. Eso sí María y yo salimos con el culo planchado.

A todo esto he añadido a mi deteriorado físico otra pieza externa más en plan robocop: el puente de los dientes incisivos de abajo. El muy canalla me ha provocado unos cuantos mordiscos que me han dejado los labios fosfatinados. Ahora tendré que aprender a comer y a hablar de nuevo. Así pues, no me queda otra que esperar a que la rehabilitación me dé buen resultado y pueda recuperar mi afición montañera y mi participación en los programas de senderismo. También me perdería los paseos que tenemos por costumbre realizar en familia. Espero que no tenga problemas para mantener el gimnasio y el taichí. Y mientras espero lo que me digan en Cruces, tengo a estas dos encima de mí para que me cuide y para que coma más. Así que, vaya que si tengo cambio de paso, sin contar que esto me va a obligar a tomar otras decisiones nuevas en el resto de mi vida, pero todo se andará -aunque sea con la pata a rastras-.