
Así que me ha dado por pensar que en este 2018 la vida, la historia, las instituciones, los organismos oficiales o privados nos han gastado una buena serie de inocentadas de cuidado. Por seguir con el ejemplo del deporte, resulta que la dirección del Athletic nos vendió un entrenador como un no va más y descubrimos que, en efecto, lo era en prosapia y en literatura deportiva con léxico argentino, pero que estaba metiendo al equipo en segunda división.
Mirando lo más cercano en el tiempo, me parece una inocentada de muy mal gusto que uno de los territorios donde el ejército sublevado y sus huestes paramilitares hicieron verdaderos escarnios a la población civil, que luego lo dejaron en manos de señoritos y nobles sin escrúpulos y que su población empobrecida no tuvo otra que lanzarse a la migración para sobrevivir, ahora nos resucite en unas elecciones democráticas al franquismo más rancio y casposo, que suponíamos tan enterrado como su excelencia.

También se ha cacareado hasta la saciedad el crecimiento continuado de la economía, el aumento de contrataciones laborales y toda una serie de bonanzas de la macroeconomía, pero luego viene el informe de Cáritas o el de Oxfam Intermon y les pinta la cara a los de arriba haciéndonos ver el aumento de la miseria y de la brecha social. Y hablando de la buena marcha de dicho crecimiento, resulta que él sube pero los mercados bajan y la bolsas no levantan cabeza, lo que consigue que los ahorradores de a pie contemplen desesperados cómo sus fondos se van evaporando.
Creo que puestos a sacar inocentadas de este tipo, podría estar toda la noche escribiendo y, aún así, me quedaría corto. Sin embargo me veo obligado, antes de cerrar, a recordar y desear lo mejor en su vida a los santos inocentes de carne y hueso. Esto es, a todo aquellos que sin comerlo ni beberlo están pagando las consecuencias de las decisiones de alguien que está lejos de ellos y que no tienen ni noticia de su existencia. También a aquellos que son capaces de sobrellevar en sus propias carnes el sufrimiento que les acarrea el haber protegido voluntariamente a otras personas cercanas o desconocidas. Estos son los santos o los imprescindibles, como los definió Brech.