viernes, 14 de junio de 2024

"Verde que te quiero verde..."

 


    10 de junio, lunes de sanqueremos. A las ocho menos diez, diecinueve esforzados y esforzadas senderistas arrancábamos a por el metro que nos iba a llevar a Kabiezes, para llegar a tiempo al bus que nos iba a dejar en Sopuerta. Antes tuvimos que advertir a algunas despistadas que se iban al andén de Bilbao, por aquello de dejarse llevar por la costumbre. Íbamos a hacer la senda que une el barrio de S. Martín de Sopuerta con el de Larrea de Galdames. Luego completaríamos el recorrido bajando a S. Pedro, la capital del valle, para coger el bus de vuelta. Llegamos justo cuando entraba el metro, así que nos sobró tiempo y tuvimos una buena espera en la parada. 

    El viaje resultó más breve de lo que supuse: carretera vacía y pocas paradas. Nada más iniciar la marcha era necesario hacer un pequeño trayecto en fila india por una carretera sin arcén. Antes del inicio de la subida a Avellaneda, sale a la izquierda una pista cementada para dar acceso a una caseta que contiene un bomba de toma de agua. A partir de ella, era pista con piedrilla y tapizada por ramitas y restos de las lluvias de días anteriores. Nos saludó el cantar de uno de los arroyos que van engrosando el inicio del río Barbadún. Nos recibió una bóveda verde formada por los avellanos de ambos lados del camino, como si anduviésemos bajo palio. Eso sí, los primeros tramos exigían nuestro esfuerzo, pues, aunque no se trataba de grandes pendientes, eran algo fuertes. A partir de una segunda parte la subida se fue haciendo más tendida. Una vez que fuimos divisando las antenas del Ubieta, que se cernían en vertical sobre nosotros, comenzó la bajada que resultó a la inversa de la subida: al comienzo era normal, pero al poco la bajada se empinó notablemente, sobre todo al llegar al tramo final cementado, donde una compañera sufrió un resbalón que la sentó bruscamente en tierra. Tuvimos suerte porque fue mayor el susto que el disgusto. Al parecer no sufrió ninguna lesión y pudo seguir con normalidad la ruta.

    La pista desemboca en un carreterita que lleva a la torre de Loizaga y a los barrios cercanos. Ya se hacía la hora de comer algo y, como ya estábamos a poca distancia de Larrea, me pareció mejor esperar un poco y comer tranquilos en alguna zona de ese barrio. El personal aceptó la propuesta y tomamos la dirección contraria a la de la torre. En efecto, en poco tiempo llegamos a las primeras casas.


    Fuimos admirando las casonas y animando al personal canino que montó su habitual algarabía. Ya casi saliendo, divisamos una pequeña placita con una fuente que ofrecía un buen chorro y dirigía el agua a una abrevadero y un lavadero que completaban esa pequeña y original escultura. La casa que cerraba el cuadro era de una planta enorme con tejado a cuatro aguas y las paredes en piedra. Unos grabados blancos, de dudoso gusto, marcados y pintados en las piedras que enmarcaban las ventanas, no hacían justicia a la buena planta del edificio. Una señora salió de la misma, al poco de notar nuestra ruidosa presencia, llamando la atención y luego haciéndose la amable, que no deja de ser una buena manera de controlar que no le toquemos nada. Con la foto de familia y después de parlamentar sobre la despedida y cierre de la temporada, prevista para el lunes veinticuatro, iniciamos la bajada a S. Pedro de Galdames. Aquí también llegamos con antelación y nos dio tiempo de sobra para dar un paseo por la localidad antes de que llegara el autobús de línea.



    El miércoles tuve la oportunidad de subir con mi colega Oren al Ganerán desde Peñas Negras. Desde su altura (822 ms) se divisa perfectamente todo el valle de Galdames, además de El Abra y otros panoramas preciosos. Me fijé en la zona por la que habíamos hecho el recorrido y, como pudimos comprobar, no se distinguía el camino. Todo era espesura de distintos tonos de verde. Solamente se intuía un pequeño trozo de la pista en la parte de la bajada. Y es que disfrutamos de una jornada envueltos en vegetación, desde la hierbas que crecían en el mismo suelo del camino, al arbolado que trepaba hasta la base del monte Ubieta. Toda ella envuelta en los restos de la lluvia fina de los días anteriores,  así que no sentimos calor hasta que dejamos atrás el bosque. La marcha fue tranquila, pero no lenta y se hicieron algunas reagrupaciones sin problemas. Creo que el madrugón mereció la pena.



domingo, 9 de junio de 2024

Me ha llegado al alma

     Salíamos del último concierto de la temporada de la Orquesta Sinfónica de Bilbao el viernes pasado. Nada más pisar el andén, el cartel luminoso señalaba la entrada de nuestro metro. Nos dirigimos como de costumbre a la puerta del vagón que nos facilita la salida. Venía bastante lleno, así que nos tuvimos que apañar para buscar una barra en la que sujetarnos. Y de pronto me encuentro casi cara a cara con ella. Tendría más de quince años pero no más de veinte. Sentí que con solo mirarla ya la había radiografiado. Era una de las mías, como suele decirme mi hija. Estaba ante un desastre anunciado, no a voces, pero sí lanzando mensajes de auxilio que, desgraciadamente, pasan desapercibidos porque no se saben o no se quieren leer. Una vez más me podía encontrar con uno de esos casos que se pierden en el olvido porque no son conflictivos, ni provocan miedo o inseguridad. En este caso más bien daba pena o podría haber suscitado algún comentario de desprecio, pero, a pesar de todo, creo que era invisible.

    Llevaba el pelo pegoteado y recogido atrás en un rebuño que en algún momento pretendió ser un moño. Con los pelos del flequillo se había hecho unos dibujos en la frente que pretendían recordar a alguna cupletera. Eso sí, no habían catado jabón o champú en bastante tiempo. Se había puesto unas pestañas postizas desproporcionadas para el tamaño de sus ojos, aderezadas con unos champlones negros alargados, que pretendían hacer de línea de los ojos. La cara y la parte del cuello que era visibles estaban plagadas de puntitos rojos, y tampoco daban testimonio de haber tocado jabón. Llevaba una cazadora de esas de plástico, imitación a cuero, con más mugre que color. Estrujaba debajo del brazo una especie de bolso de tela con felpa o similar. Un pantalón vaquero ceñido y raído o desgastado, no de los que se llevan rotos adrede como está de moda, que le daban a sus piernas una sensación de palillos. Desembocaba en unas zapatillas blancas de tamaño descomunal por lo aparatoso de sus formas laterales y por unas plataformas desproporcionadas. En un momento dado, casi ya cuando íbamos a irnos, me fijé en sus supuestos pendientes, unos aros grandes, pero que eran unas alambres, literal, de color amarillo.

    No me he podido quitar de la mente, ni de la mala sensación instalada en mi estómago, ni su imagen ni mi inseparable sensación de impotencia cuando me encuentro con algún caso tan claro como éste, sabiendo que no puedes hacer nada. Llevaba los ojos abiertos pero no miraban a ninguna parte, estaban perdidos en un vacío invisible para los demás y no sé si en realidad podría tener algún contenido para ella. Se me disparó la metralleta de preguntas: a dónde va, dónde y con quién vive, ha tenido una escolaridad normalizada, tiene alguna relación con los servicios sociales, está en las garras de algún chulo, se habrá escapado de algún centro de diputación... todas sin respuesta. Eso sí, era una cara reflejo de sufrimiento y de tristeza difícil de disimular y me tuve que tragar las lágrimas. Hoy unos días después aún no me he podido librar de su imagen, así que esta entrada va a ir sin fotos ni imágenes, porque no puedo escanearla de mi interior.