
Nos miramos a la cara y no dábamos crédito: éramos solo cinco. Apareció un sexto y ya era la hora de arrancar. José Luis decidió ir por el coche para llevar una imponente bandeja en plan sorpresa y Enedi se añadió al coche por aquello del calzado. Así que allá nos fuimos los cuatro imprescindibles para mantener alto el prestigio del grupo 1. Nada más salir del metro en la Gran Vía comprobamos que ya no llovía y no volvió a llover en todo el recorrido de ida y de vuelta. Lo digo para sonrojo de los y las timoratas que se quedaron en casa sin más razón que la lluvia. Llegamos con tiempo de sobra controlando la llegada de los buses rojos. En una de estas aparecieron como cinco de golpe, y en el mogollón se quedó tapado en una esquina del estacionamiento el que esperábamos. Estábamos mirando hacia la calle Navarra para ver si venía porque ya era la hora, cuando vimos que arrancaba delante de nuestras narices y por más señas que le hicimos a la choferesa ni se inmutó y nos dejó en tierra. Así que tuvimos que estar una hora de espera a lo tonto.

En fin, este otro contratiempo no pudo con nuestra determinación, así que con una hora de retraso nos lanzamos a completar el tradicional recorrido de subida a El Vivero. Los del coche ya habían aparcado arriba cuando íbamos en el bus, eso sí, asistidos por el capellán del hospital -qué nivel-. Comprobamos que nuestra reinona se había añadido a la expedición con los del coche.

La subida estuvo envuelta en un ambiente brumoso espectacular, viendo moverse la niebla entre los árboles y con una calma chicha sin nada de viento, eso sí, un frío de calar hasta los huesos, pero quién dijo miedo. Ya desde el hospital comenzamos a oír a lo lejos ruido de motosierras y máquinas. En la medida en que pasamos la pequeña área recreativa, comenzamos a ver árboles en el suelo y ramas sueltas. Alguien especuló que era efecto del viento, pero, a partir de ahí, nos fuimos encontrando con montones de troncos de todas las medidas apilados para ser transportados. Ya tenían hecha una saca a fondo de una de las laderas, cubierta por la repoblación de roble americano hecha hace años, para ir dejándola despejada, para que los árboles que quedasen en pie estuvieran a la distancia necesaria que les permitiesen crecer en plan bosque.

El tema tuvo su pequeño problema, porque para facilitar sus trabajos habían alterado las pistas, como de costumbre en esos casos, y estuve a punto de despistarme, pero corregimos a tiempo y llegamos por fin al alto que da paso al área donde nos esperaban, un tanto impacientes ya, y con razón, los viajeros del coche que nos aplaudieron entusiastas pero sin bajar a nuestro encuentro, que luego había que subir el repechón final.

Sin más preludios nos dirigimos al tenderete de los bolos. De uno de los muretes hicimos mesa, bien presentada por los manteles de Enedi, y aprovechamos como asiento otro más bajito que está enfrente. En un abrir y cerrar de ojos los manteles se fueron cubriendo de las viandas que habíamos llevado, mientras Enedi nos vestía, como merecía una ceremonia tan importante, con las pajaritas, gorros y cintas de rigor. O sea, que la tradición no se pierda y menos el apetito que dio con la mayor parte de lo presentado. Estuvimos amenizados durante la comida por la grabación del coro de José Luis con villancicos de todo tipo.

Al terminar recogimos bien todo, como cívicos ciudadanos, hicimos las fotos de grupo y aprovechamos que estaba el bar abierto para terminar allí tomando un cafecito, que algo caliente venía de perillas. Mantuvimos una animada conversación que dio buen ambiente al local. A la despedida, el dueño, un tabernero muy animado con voz de trueno, nos despidió llamándonos FAMILIA. Para mí fue todo un puntazo, parecíamos una familia, así que hemos superado un nuevo escalón: primero pasamos de grupo a equipo y el día 30 hemos pasado de equipo a familia. Enhorabuena y que ese espíritu se mantenga o mejore en el 2026.
No hay comentarios:
Publicar un comentario