jueves, 19 de septiembre de 2024

Senderiaventura

 


Lunes 16 de septiembre, sanqueremos para comprobar la salida propuesta por el grupo 3: Bolintxu. Un recorrido de lo más variado y no muy exigente: tramos de parques, tramos de carretera, pero con acera, y zona selvática que nos obligó a extremar los cuidados en la marcha. Salimos a las 9 horas en el metro hasta Bolueta. Accedimos a Monfuerte, que estaba radiante con toda la vegetación brillante por la humedad de la madrugada y por el día luminoso de sol que tuvimos la suerte de disfrutar. Atravesamos la zona del parque que baja hacia Ollargan y bordeando la carretera que conduce al centro de Arrigorriaga, llegamos a la desviación al barrio de Buia. En un momento dado el guía quedó desconcertado por los numerosos coches que había aparcados a atravesar el segundo túnel, dato que no constaba registrado en su memoria de la visita anterior. Tras idas y venidas y preguntar a un corredor, el susodicho se aclaró por fin al encontrar la dos piedras de buen tamaño que señalizan el acceso a la subida a la cascada de Bolintxu.


Llegados a este punto se informó al personal de que había dos caminos: uno por el borde del arroyo entre palos, raíces y barro, con las dificultades consiguientes, y otro por la parte superior que es una senda normal de monte. Solamente una persona optó por la segunda opción. Ya desde el inicio del sendero da la impresión de que te has trasladado a otro mundo ajeno al asfalto de cada día, envueltos en una vegetación espléndida y con una notable sensación de humedad. El arroyo bajaba canatarín con bastante agua, lo que hacía suponer que la cascada estaría bonita. Todo un espectáculo, pero que exigía un notable esfuerzo para no perder el equilibrio y hacer mil y una jerigonzas para pasar por senderillos estrechos y resbaladizos. Nos llamó la atención la cantidad de árboles caídos que obligaban a humillar el espinazo cada poco. Por fin la llegada a la cascada parecía todo un triunfo, llevaba bastante agua ofreciendo un bonito espectáculo de imagen y sonido, e hizo de telón para una infinidad de poses fotográficas, incluidas, claro está, las de grupo. 


El bocata, fruta y demás adminículos propios de los tentenpiés tuvieron que servirse de pie y con cuidado de dónde se dejaban las cosas. Y es que no se puede pedir todo de golpe en la vida. Subimos al sendero de arriba para el regreso, que se había formado aprovechado la infraestructura de la toma de agua del antiguo embalse. Nada que ver con la aventura anterior, pero sin desdecir el espectáculo de vegetación que también ofrece. Bajamos directamente al barrio bilbaíno de La Peña y atravesando el gran parque del que disfruta, acodado al río, pasamos a la otra margen por el primer puente de la senda de Los Caños. De allí al metro en un periquete. Los y las de la comida cogieron el de Plentzia para no perderse la fidelización con el restaurante de Erandio y los demás a casita.

Este lunes tuvimos suerte de verdad con el tiempo, que dio pie a que disfrutáramos aún más de la salida. Para mí lo mejor del paseo fue el espectáculo de ver y experimentar que las dificultades sacan lo mejor de nosotros mismos. Atentos a ayudar a quien tenía más dificultades, avisar, sujetar, sin prisas por llegar, pero atentos a que nadie sufriera algún percance -excepto un par de culadas, qué le vamos a hacer-. Daba gusto sentirse en el seno de un grupo tan dispuesto y es que estuvimos de sobresaliente. Eso sí, me temo que si algún año volvemos, no todos o todas optarán de nuevo por el sendero bajo.

miércoles, 11 de septiembre de 2024

Lunes de senderismo 30

 


Lunes 9 de setiembre. Inicio de curso senderista: Plentzia-Armintza por el faro de Gorliz. A las 9 horas nos pusimos en marcha tras regalarnos una calurosa bienvenida, con rueda de besos incluida, después de la ausencia inevitable del verano. Se fueron añadiendo dos personas más en los andenes del metro, así que fuimos dieciocho los que iniciamos el curso, sin ningún incidente y bajo la amenaza de que podría llover . Se sabía que iba a suceder, pero no se estaba de acuerdo en la hora porque no coincidían los pronósticos, según los móviles de cada cual. Todo fue coser y cantar hasta llegar al faro, donde pudimos hacer el hamaiketako con toda tranquilidad, En el momento en que recogimos las cosas, sin previo aviso, nos vimos envueltos en una nube negra y azotados por el viento. Visto el panorama y, teniendo en cuenta el recorrido con piso de barro que nos esperaba a la bajada, optamos por volver por donde habíamos venido. Eso sí, la ruta completa habrá que hacerla en algún lunes de sanqueremos y a ser posible en tiempo de sequía, pero no quedará sin hacer.


A mitad de bajada ya no necesitábamos el paraguas y en el resto del trayecto de vuelta solo cayó algún chípiri chípiri. Vaya chasco, si lo llego a saber... Al llegar al hospital hubo un momento de desconcierto, pero al final hubo un consenso mayoritario  para ampliar el paseo por el muelle de Astondo, donde, como da testimonio la foto, tomamos el aire de lo lindo. Esa zona, igual que todo el paseo nuevo está muy mejorada. Allí vimos cómo ya estaban recogiendo todos los hinchables que sirven de divertimento en la playa, un aviso más de que el verano se acaba. Para completar el regreso recorrimos el paseo del muelle que va junto a la ría. Hay que ver, cómo ha cambiado el panorama. No hace mucho se veían botes más o menos grandes y ahora, tanto en los pantalanes como en la ría, está petado de yatecitos o embarcaciones de recreo de cierta envergadura.

La cabeza del pelotón llegamos justo unos minutos antes de que saliera el tren que ya estaba preparado en el andén, pero el grueso llevaba un retraso considerable, así que los libres aprovecharon, pero los que teníamos pareja  o querían quedarse a comer nos resignamos a la espera de veinte minutos. Pero no fueron tediosos, dado que recibimos una acreditada master class sobre cómo ligar en Mercadona impartida por profesoras de la más alta competencia -y es que ¡cómo somos!-.


Me quedó una sensación extraña después del paseo. Por una parte, no me reconocía a mí mismo cuando propuse dar media vuelta -igual es que me estoy haciendo mayor-, pero por otra, quedé muy contento por el ambiente alegre, vacilón y de camaradería del que disfrutamos todos. O sea, que vamos mejorando. Al llegar a Erandio la sección comida nos abandonó. Habrá que solicitar a su restaurante preferido que comience a hacerles precio por clientes asiduos. Así que, al final,  llegamos a Barakaldo solo cuatro monos, como se suele decir.

jueves, 5 de septiembre de 2024

76: un viaje al interior

 

El 14 de agosto, como en todos los años, celebro mi cumpleaños. Esta vez han sido los 76. Como es costumbre en los últimos años, intentamos celebrarlo con alguna excursión especial. Este año hemos quedado con Irene y con Pablo para hacer una visita a las entrañas de las cuevas de Ojo Guareña. No nos conformamos con la visita inicial y reservamos la primera de las posibilidades de bajar a las salas y simas del subsuelo. Quedamos pronto con ellos junto al Centro de  interpretación para dar un paseo por algunos de los lugares interesantes de la zona. La primera parada, a poco de arrancar, la hicimos frente  a las diaclasas unas hendiduras  y huecos de las rocas. Esta vez no pudimos contemplarlas en todo su esplendor porque había crecido la vegetación de los alrededores y solo se podía entrever algunas zonas entre las ramas. De paso nos picó la curiosidad al ver una especie de puentecito agarrado a la ladera de enfrente y descubrimos que se trataba de un sendero balizado que da la vuelta a una peña. Preguntamos en el pueblo y tomamos nota para próximas excursiones.


Luego salimos de Cornejo y enfilamos hacia la cueva de Ojo Guareña. Dejamos el coche en el aparcamiento de la parte superior de las cuevas, y bajamos para contemplar el sumidero por el que se hunde el río para transitar por los espacios interiores hasta salir a través de surgentes -la Torcona y el Torcón- por la cara sur. Completamos el paseo bajando hasta el barrio de Cueva por un bonito sendero a la orilla del río. A la vuelta preparamos la comida y buscamos una mesa bajo una frondosa encina. Se trataba de una enorme losa que no resultó muy cómoda, pero no  por ello impidió que diéramos buena cuenta de casi todas las viandas que María había preparado con esmero.

De la misma volvimos al coche para preparar la entrada a la cueva. Se nos había advertido de que en su interior podríamos estar a 7 o 9 grados, por lo que nos abrigamos bien. Tuvimos mucha suerte con el guía. Era un hombre preparado: espeleólogo y a la vez geólogo. Transmitía seguridad y daba muestras de una sensibilidad y un respeto exquisitos hacia todo lo que nos iba mostrando.


Ha sido una experiencia única, porque esta vez no se trataba de contemplar figuras y salas vistosas preparadas para las visitas con pasadizos y luces, sino de conocer en vivo y en directo las entrañas de la tierra y eso que solo estuvimos transitando a unos sesenta metros de profundidad. Pudimos ver y pisar las galerías que las corrientes de agua han ido creando. El guía nos hizo comprobar los restos orgánicos y las piedrillas arrastrados por el agua. Fue impresionante cómo nos fue señalando la existencia de seres vivos minúsculos y ciegos que podríamos pisar sin darnos cuenta y una zona de difícil acceso que sirvió de sepultura, lo que daba a entender que nuestros antepasados neardentales anduvieron por allí.

El momento culminante fue cuando nos mandó apagar las linternas de los cascos. Estuvimos unos minutos en silencio sintiéndonos perdidos en otro mundo. Estremecedor y con una profunda sensación de impotencia. Finalizamos en la sima Dolencia  por donde por fin vimos luz, que entraba desde cincuenta metros por encima de nuestras cabezas. Lleva ese nombre desde antiguo porque por su boca se arrojaban animales que estaban heridos o moribundos, pero también a humanos del bando contrario. El viaje finalizó por un paseo turístico en Puentedey. Antes no pudimos resistirnos a visitar la cascada de La Mea, que , como habíamos previsto, estaba sin agua. Pablo se hinchó a hacer fotos en los lugares que han hecho más que famoso a ese pueblo. Y al anochecer, cada mochuelo a su olivo.


Ha sido uno de los cumpleaños que más he disfrutado. He estado rodeado de las personas que más me quieren y a las que más quiero y he tenido una experiencia única en mi vida perdido en las entrañas de la tierra. Creo que para mí éste ha sido un viaje simbólico, por eso he puesto en el título que ha sido un viaje al interior, pero principalmente he querido decir a mi interior. Irene me ha recordado con su coña que ahora empiezo a estar más cerca de los 80 que de los 70. Y eso me hace pensar que estoy ante una nueva etapa de mi vida, que no sé cuánto va a durar -ni me propongo averiguarlo- en la que espero que sea capaz de ir profundizando en el descubrimiento de mi interior. Ir transitando por las galerías que han formado en él las luchas, las ilusiones, los fracasos,  las iniciativas que he llevado a cabo o que he sufrido a lo largo de mi vida. Pero hacerlo pausadamente en el silencio y en la oscuridad de los recuerdos, para descubrir esos restos que han dejado a su paso: las caras en las que fui descubriendo a Dios, los dedos quemados por haber tocado el infierno de algunas vidas rotas, el gozo de ver surgir vida en medio del desastre... Y ser como esos animalitos minúsculos que se alimentan de los restos orgánicos, para sentirme, como en esa cueva, envuelto en el seno de Dios hasta que llegue el momento -sin prisa, eso sí- de fundirme del todo con Él y con el universo. Quizás en algún momento eche de menos contar con un guía, como el que nos tocó  en suerte, para pisar con serenidad en ese nuevo terreno que se me abre y que enfoque con su linterna para que pueda ir descubriendo lo más importante: a mí mismo.




domingo, 4 de agosto de 2024

Un auriga, por favor

 


Leyendo a García Montero me he encontrado con una sugerencia muy interesante, que veo viene al pelo para simbolizar el desquiciado ambiente político nacional y mundial. Hablando de la conciencia cita a Platón que la considera el auriga que condice el carro de la persona, tirado por dos caballos: los sentimientos y la razón. La clave para una conducción correcta está en saber conjugar ambas y lograr un equilibrio que consiga el mejor funcionamiento del carro. Lo que queda muy  lejos de la situación actual dominada por los personalismos, los entusiasmos patrios, el odio, la venganza, los insultos... Cómo es posible que tengamos que aguantar que todo un país se pueda quedar paralizado porque hay señores que se creen que tienen que ser presidentes a toda costa.

    


Aunque se haga la mejor propuesta posible para el beneficio de la población, hay que rechazarla o conseguir desprestigiarla porque la ha hecho el contrario. No cuenta con argumentos ni con propuestas alternativas, solo con argumentos ad hominem, datos falsos y una buena caterva de insultos o de anuncios catastróficos. Con ello solo se pretende asustar al personal y crear una sensación de desprestigio del contrario, que lo que consigue en realidad es el desprestigio de toda la política. Todo vale para hundir al contrario y con ello se desatan todos los caballos de los instintos y de los sentimientos menos nobles y a ver dónde encontramos el auriga que controle eso, por mucho que quiera  tirar de razonamientos, datos objetivos o programas estudiados. El objetivo no es el bienestar de la ciudadanía o la mejora de los recursos públicos sino hundir al  contrario a cualquier precio.

  


 En el nivel internacional tenemos una serie de conflictos graves que gravitan sobre unos personajes que son capaces de pasar por encima de leyes internacionales, del sentido común y de la vida de miles de personas. Están asolando países justificando sus actos en sentimientos patrios, en Dios y en lo malo que es el contrario. Todas las propuestas razonables de las instituciones internacionales o de los países mediadores, son papel mojado, mientras los únicos beneficiados son las industrias armamentísticas. Por otra parte el espectáculo de cinismo es de lo nunca visto: los mismos que piden el alto el fuego o las treguas para que llegue la ayuda internacional, siguen armando a los agresores o bloqueando los acuerdos pacificadores de la ONU.

    


Así es como veo la situación actual, un carro desbocado por los caballos del odio y de los sentimientos más innobles, sin aurigas capaces de controlarlo y, personalmente, me encuentro con el estómago revuelto, me siento impotente y acabo por no escuchar o ver las noticas políticas y sociales porque me desespero.

domingo, 30 de junio de 2024

El nuevo relevo

    


El nuevo lehendakari se llama Imanol Pradales. Es de Santurtzi habla euskera y proviene de familia migrada en el pasado. Igualmente Mikel Ruiz, el vicelehendakari, es de Portugalete. Son de partidos distintos, pero, a mi entender, marcan una nueva era en la concepción de ser o sentirse vasco, porque han llegado a los cargos más representativos del país. Están llegando a ser cada vez más numerosos los nuevos Asier Gómez, Aitziber García, Aitor Bravo, Irune Martínez... la tercera o cuarta generación. Sus progenitores, hijos y nietos de emigrados, les pusieron nombres vascos porque ya se sentían de aquí. La inmensa mayoría habrá estudiado en modelo D y, aunque igual hayan pasado vacaciones en el pueblo gallego, extremeño o burgalés de sus abuelos y vean que sus padres se sienten como de allí, se consideran tan vascos como cualquiera de los que cuentan con más de la mitad de los  apellidos vascos y lo viven así, incluso participando en colectivos o partidos independentistas ¿Y quién les va a decir que no? Otros, que nacimos y vivimos aquí, tenemos algún que otro apellido de ascendencia vasca y los de la parte castellana proceden de las migraciones de la explosión industrial de finales del XIX y no nos cabe en la cabeza que no se nos considere vascos. 

 

 Puede que aún quede gente  puritana o cerril, de mente cerrada, que se sientan superiores o desprecien a los descendientes de aquellos que vinieron de fuera buscando trabajo, pero no les va a quedar otra que aceptar la realidad de la nuevas mayorías sociales de la población de Euskadi. Para mí este mestizaje siempre ha resultado positivo. En principio quiere decir que los que vinieron con una mano por delante y otra por detrás, como se decía antes, se han ido integrando. Por una parte, han hecho suya esta sociedad y, por otra, han aportado a la gente de aquí los elementos positivos de sus orígenes, enriqueciendo la vida social, la convivencia y generando nuevas dinámicas culturales.

    Ahora nos queda tomarnos en serio lo que vaya a suceder con las nuevas olas de migrantes, de procedencias tan lejanas y de culturas mucho más diferentes que las de anteriores migraciones de origen nacional. No sabremos cuánto tiempo va a llevar, ni qué dificultades nos vamos a encontrar para su integración. Lo que no deseo para mi tierra es el ejemplo francés de terceras generaciones apiladas en barrios periféricos, auténticos guetos, abrasados por el paro juvenil, la delincuencia o el fundamentalismo. Es cierto que allí predomina la población musulmana, que no deja de ser un serio obstáculo para la integración, pero, sin duda, la causa principal ha sido la discriminación y la minusvaloración con que la sociedad francesa los ha tratado. En Inglaterra hay mandatarios de origen indio ¿Podría llegar a ser lehendakari un o una de origen rumano, marroquí o venezolano, por poner un caso? ¿Por qué no?

     


Espero que aquí no cometamos los mismos errores, a pesar de que estas primeras generaciones de migrantes tiendan a arroparse entre sí para defenderse de la sociedad con la que se encuentran al llegar. Habría que recordar la función que desarrollaron al respecto los centros regionales antaño. Seguro que en este caso llevará mucho más tiempo, sobre todo entre los que han venido en familia. Creo, por otra parte, que todo lo que se invierta en la acogida y formación de los menores no acompañados revertirá muy positivamente a la hora de conseguir una buena integración. Eso espero, aunque no sé si llegaré a verlo. De entrada, y a modo anecdótico, solo hay que ver que los ídolos de la afición del Athletic son dos hermanos negros.

miércoles, 26 de junio de 2024

Despedida y cierre 2023.2024

     


Lunes 24 de junio. A las 8:40 un grupo de 24 senderistas cogíamos el tren a Bermeo en el Casco Viejo. Destino Gernika: para completar la ruta, marcada por un GR, a Mundaka. Hasta la noche de la víspera estuvo lloviendo y algunas estaban con el miedo de que nos íbamos a encontrar con la misma situación climatológica para nuestra última salida. Intentamos tranquilizar al personal con el informe de Aemet y, en efecto, la agencia acertó de pleno en su previsión. Gozamos de una mañana espléndida con sol de verano y brisa fresca del mar, todo un lujo. Nos bajamos en la parada Instituto y después de preguntar dimos una buena vuelta para comenzar la senda. Solo sabíamos que había que cruzar las vías, pero no teníamos ni idea de por dónde hacerlo porque todo el entorno de las vías estaba vallado.  


La primera parte del camino acompaña al canal de la ría por la margen izquierda. Está rodeada de vegetación y el suelo de la pista estaba en buenas condiciones. Estuvo bien eso de comenzar el trayecto por una zona de sombra. Una vez pasado el terreno perteneciente a Forua se acaba la pista en una pequeña esplanada con bancos, que ofrece unas primeras vistas magníficas en la confluencia de varios canales y abre el panorama hacia la desembocadura. Eran las once en punto por lo que se decretó parada y fonda, que el desayuno ya se había olvidado, aunque solamente se había completado una cuarta parte del recorrido. A continuación cambió totalmente el camino. Seguimos por un sendero medio embarrado y estrecho rodeado por cañaverales y canalitos. Nos dio la impresión que ésta sería una zona peligrosa de atravesar con mareas muy vivas, porque veíamos el agua cercana y eso que la marea estaba bajando.  A lo lejos se divisaba una chimenea de ladrillo, recuerdo de la antigua tejera, y hacia ella nos teníamos que dirigir. Hubo un pequeño tramo que tuvimos que compartir con el típico senderito lateral de las vías del tren. Por suerte no pasó ninguno. 

    


Poco antes de llegar a la chimenea nos encontramos con una esplanada amplia que hacía de balcón sobre la marisma con unas vistas que invitaban a quedarse. Allí tuvimos que cruzar las vías y a través de una cuesta corta, pero más que pendiente, entramos en territorio de Murueta. A partir de aquí, tras el paso por unos chalecitos, las indicaciones nos llevaron a la carretera, aprovechando un bidegorri que solo llega hasta S. Cristóbal, donde nos recibieron las omnipresentes obras de mejora de carreteras que nos obligaron a dar varias vueltas. Menos mal que contábamos con la inestimable colaboración de Fernando que ya había hecho el recorrido. Al poco de dejar atrás la población, nos encontramos con la torre que alberga el patronato de la Reserva de la Biosfera de Urdaibai, además de hacer de centro de interpretación y de avistamiento de aves, entre otras funciones. Hicimos foto de grupo al pie de la torre de la campana y seguimos la marcha.


En esta última parte del recorrido nos fuimos encontrado con más dificultades, tanto en el seguimiento de las señales como, sobre todo, por las subidas y por algunas bajadas sombrías y con hojas que nos obligaron a andar con cuidado. Por fin desembocamos en la playa de Sukarrieta -o Pedernales, como se prefiera-, en la que se pudo disponer del baño público adjunto al puesto de socorrismo. El ambiente estaba impregnado del griterío propio de la chavalería y es que estábamos delante del gran centro de colonias de la Diputación. La senda seguía rodeándolo y nos permitió contemplar el magnífico estado de las instalaciones y los grupos de críos organizados para diversas actividades. Desde la entrada de la colonia volvimos de nuevo en un pequeño tramo a la carretera con el bidegorri correspondiente. Aquí nos recibió el cartel anunciador de que entrábamos en el municipio de Mundaka, pero no avisaba de que nos esperaba la última prueba antes de llegar a nuestra meta: la cuesta de Portuondo, que culmina en la entrada al camping del mismo nombre. Para entonces el sol daba de lleno y el tortuoso tramo anterior había mermado las fuerzas del personal y la cuesta arriba se hizo... muy cuesta arriba. 


Entramos en la plaza de Mundaka, llena de juegos, banderines y barracas festivas. Enseguida nos percatamos de que habíamos llegado solo la mitad. Tampoco se veía a nadie a lo largo del paseo que daba entrada a la plaza. Comenzaron las llamadas y resulta que habíamos vuelto a tener un pequeño susto de otro desfallecimiento. Suerte que en ese grupo estaba Txelo que recurrió a las artes curativas para estos inconvenientes, ya experimentadas la semana anterior. Nos reagrupamos, atravesamos el puerto por la nueva pasarela de madera que lo rodea hasta llegar a la bocana. Luego un corto sendero nos condujo a las campas adyacentes a la ermita de Sta. Catalina. En ellas encontramos  a María que había cogido un par de mesas para organizar la comida. Algunos voluntarios fueron a acompañar a Javi, nuestro taxista de excepción que había hecho el traslado de las viandas más pesadas para alivio del personal, así como para traer a la lesionada que no se quiso perder el fin de fiesta.


Enseguida fuimos capaces de organizar la comida en dos grupos y pudimos dejar los postres en una tercera mesa más cercana al edificio. Se compartió comida y bebida, exquisito todo y de lo más variado hasta la saciedad. Como era de esperar, sobró como para dar y vender, que se decía. A propósito de beber, aparecieron unos pequeños artilugios cuyos contenidos pueden producir efectos no deseados. Menos mal que solo uno, que no bebe, tenía que conducir. Finalmente se intentó hacer otra foto de grupo pero no hubo acuerdo y se sacaron algunas alrededor de la ermita y mirando al mar, con la colaboración de una mujer que paseaba con sus niños. A partir de aquí, sabiendo ya los horarios de trenes y buses, cada mochuelo a su olivo, después de haber disfrutado de una magnífica jornada de paisajes, de brisa marina, de buen ambiente y de un día veraniego con nota. Así que colorín colorado este curso se ha acabado. Buen verano para todos y todas y retomaremos las marchas el nueve de septiembre. Agur t´erdi. 




miércoles, 19 de junio de 2024

Lunes de senderismo 28

   


 Lunes 17 de junio. Quedamos en Beurkoberri a las 9 horas para coger el bus que nos lleva hasta La Arena, que llegó con un cuarto de hora de retraso. Fuimos veinticuatro, un buen número, para hacer el recorrido medio costero, medio campestre de Pobeña a Muskiz. Estaba previsto que, como la senda de Itxaslur estaba cortada por obras, haríamos la ruta por el interior hasta Kobarón siguiendo las señales amarillas del camino de Santiago. Ya desde la parada se comentó que algunos habían escuchado en la radio que ese mismo día iba a quedar abierta. En efecto, al llegar a las conocidas y temidas escaleras vimos que habían desaparecido todos los carteles que avisaban del corte por obras. Así que nos lanzamos a esa primer prueba, que es una de las más famosas dentro de los recorridos oficiales. Como en las retrasmisiones del ciclismo, era de esperar que se estirase el pelotón en la subida. Los primeros esperaron tranquilamente a que todos estuviéramos  arriba para reemprender la marcha, porque no todos tenemos la misma disposición de piernas o de fuelle. 

    


Disfrutamos de las magníficas vistas sobre la playa y el resto de la costa que se va divisando. A lo largo del camino nos fuimos cruzando con un buen número de peregrinos, mejor dicho, de peregrinas que fueron mayoría aplastante. Sin mayor problema, ya que un imponente cornudo nos dejó pasar, llegamos a Ontón, donde estaba estipulada parada y fonda. Una amable peregrina nos sacó la foto oficial de grupo y a otras dos les estuvimos indicando el trayecto más corto para llegar a Castro, si es que se enteraron de algo.

    


Ya de vuelta, el sol apretaba bastante. Al dejar atrás Kobarón, los que íbamos por delante nos fijamos que se había formado un grupo a mitad de cuesta que hacían señales. Un golpe de calor había dejado fuera de combate a nuestra compañera Marian. La acomodamos como buenamente pudimos en el arcén sobre nuestras sudaderas. La rodeamos para que tuviera sombra y las compañeras sanitarias hicieron su labor: se la tumbó, le dieron agua con azúcar, le mantuvieron las pernas en alto... Lucía avisó a la ambulancia que se tomó su tiempo, como suele suceder en estas ocasiones. Es de señalar que varios coches pararon para ofrecerse a llevarla. Viene bien comprobar que queda buena gente en el mundo. Por fin, llegó la ambulancia y para entonces nuestra compañera se había recompuesto un poco y había recuperado algo de expresión en la cara, pero de andar... A todo esto avisamos por teléfono a los que ya estaban al final de la cuesta para que bajaran. Se había hecho ya tarde para completar el recorrido previsto, así que volvimos para atrás. Esta vez no repetimos el recorrido de los acantilados sino que atajamos por el camino que teníamos previsto haber cogido de inicio. Al final del mismo nos percatamos que comenzaba con una subidita un tanto exigente, así que o escaleras o rampa.

  


 En Pobeña se quedaron a comer nueve personas y el resto seguimos hasta la parada del bus. Nuestro asesor de líneas de Bizkaibus nos advirtió que ya habíamos perdido el de las tres, pero que ese mismo día se había puesto en funcionamiento el directo de Cruces a La Arena, que, aunque iba a salir un cuarto de hora más tarde, iba a llegar antes del de y treintaicinco. Así fue, en un plisplás estábamos en Landeta. A lo largo de la tarde nos mantuvimos en contacto con Miguel y con Marian a través del wuahsapp hasta que nos comunicó que ya le habían dado de alta en Cruces. En fin, una experiencia más que nos ha puesto a prueba como grupo y que, en mi opinión, hemos superado con nota, a pesar del típico desconcierto que se forma en estas ocasiones. De todos modos, mejor que ya no haya más. Y ya nos ha quedado claro cuál es la medicina milagrosa: agua, agua, agua.




viernes, 14 de junio de 2024

"Verde que te quiero verde..."

 


    10 de junio, lunes de sanqueremos. A las ocho menos diez, diecinueve esforzados y esforzadas senderistas arrancábamos a por el metro que nos iba a llevar a Kabiezes, para llegar a tiempo al bus que nos iba a dejar en Sopuerta. Antes tuvimos que advertir a algunas despistadas que se iban al andén de Bilbao, por aquello de dejarse llevar por la costumbre. Íbamos a hacer la senda que une el barrio de S. Martín de Sopuerta con el de Larrea de Galdames. Luego completaríamos el recorrido bajando a S. Pedro, la capital del valle, para coger el bus de vuelta. Llegamos justo cuando entraba el metro, así que nos sobró tiempo y tuvimos una buena espera en la parada. 

    El viaje resultó más breve de lo que supuse: carretera vacía y pocas paradas. Nada más iniciar la marcha era necesario hacer un pequeño trayecto en fila india por una carretera sin arcén. Antes del inicio de la subida a Avellaneda, sale a la izquierda una pista cementada para dar acceso a una caseta que contiene un bomba de toma de agua. A partir de ella, era pista con piedrilla y tapizada por ramitas y restos de las lluvias de días anteriores. Nos saludó el cantar de uno de los arroyos que van engrosando el inicio del río Barbadún. Nos recibió una bóveda verde formada por los avellanos de ambos lados del camino, como si anduviésemos bajo palio. Eso sí, los primeros tramos exigían nuestro esfuerzo, pues, aunque no se trataba de grandes pendientes, eran algo fuertes. A partir de una segunda parte la subida se fue haciendo más tendida. Una vez que fuimos divisando las antenas del Ubieta, que se cernían en vertical sobre nosotros, comenzó la bajada que resultó a la inversa de la subida: al comienzo era normal, pero al poco la bajada se empinó notablemente, sobre todo al llegar al tramo final cementado, donde una compañera sufrió un resbalón que la sentó bruscamente en tierra. Tuvimos suerte porque fue mayor el susto que el disgusto. Al parecer no sufrió ninguna lesión y pudo seguir con normalidad la ruta.

    La pista desemboca en un carreterita que lleva a la torre de Loizaga y a los barrios cercanos. Ya se hacía la hora de comer algo y, como ya estábamos a poca distancia de Larrea, me pareció mejor esperar un poco y comer tranquilos en alguna zona de ese barrio. El personal aceptó la propuesta y tomamos la dirección contraria a la de la torre. En efecto, en poco tiempo llegamos a las primeras casas.


    Fuimos admirando las casonas y animando al personal canino que montó su habitual algarabía. Ya casi saliendo, divisamos una pequeña placita con una fuente que ofrecía un buen chorro y dirigía el agua a una abrevadero y un lavadero que completaban esa pequeña y original escultura. La casa que cerraba el cuadro era de una planta enorme con tejado a cuatro aguas y las paredes en piedra. Unos grabados blancos, de dudoso gusto, marcados y pintados en las piedras que enmarcaban las ventanas, no hacían justicia a la buena planta del edificio. Una señora salió de la misma, al poco de notar nuestra ruidosa presencia, llamando la atención y luego haciéndose la amable, que no deja de ser una buena manera de controlar que no le toquemos nada. Con la foto de familia y después de parlamentar sobre la despedida y cierre de la temporada, prevista para el lunes veinticuatro, iniciamos la bajada a S. Pedro de Galdames. Aquí también llegamos con antelación y nos dio tiempo de sobra para dar un paseo por la localidad antes de que llegara el autobús de línea.



    El miércoles tuve la oportunidad de subir con mi colega Oren al Ganerán desde Peñas Negras. Desde su altura (822 ms) se divisa perfectamente todo el valle de Galdames, además de El Abra y otros panoramas preciosos. Me fijé en la zona por la que habíamos hecho el recorrido y, como pudimos comprobar, no se distinguía el camino. Todo era espesura de distintos tonos de verde. Solamente se intuía un pequeño trozo de la pista en la parte de la bajada. Y es que disfrutamos de una jornada envueltos en vegetación, desde la hierbas que crecían en el mismo suelo del camino, al arbolado que trepaba hasta la base del monte Ubieta. Toda ella envuelta en los restos de la lluvia fina de los días anteriores,  así que no sentimos calor hasta que dejamos atrás el bosque. La marcha fue tranquila, pero no lenta y se hicieron algunas reagrupaciones sin problemas. Creo que el madrugón mereció la pena.



domingo, 9 de junio de 2024

Me ha llegado al alma

     Salíamos del último concierto de la temporada de la Orquesta Sinfónica de Bilbao el viernes pasado. Nada más pisar el andén, el cartel luminoso señalaba la entrada de nuestro metro. Nos dirigimos como de costumbre a la puerta del vagón que nos facilita la salida. Venía bastante lleno, así que nos tuvimos que apañar para buscar una barra en la que sujetarnos. Y de pronto me encuentro casi cara a cara con ella. Tendría más de quince años pero no más de veinte. Sentí que con solo mirarla ya la había radiografiado. Era una de las mías, como suele decirme mi hija. Estaba ante un desastre anunciado, no a voces, pero sí lanzando mensajes de auxilio que, desgraciadamente, pasan desapercibidos porque no se saben o no se quieren leer. Una vez más me podía encontrar con uno de esos casos que se pierden en el olvido porque no son conflictivos, ni provocan miedo o inseguridad. En este caso más bien daba pena o podría haber suscitado algún comentario de desprecio, pero, a pesar de todo, creo que era invisible.

    Llevaba el pelo pegoteado y recogido atrás en un rebuño que en algún momento pretendió ser un moño. Con los pelos del flequillo se había hecho unos dibujos en la frente que pretendían recordar a alguna cupletera. Eso sí, no habían catado jabón o champú en bastante tiempo. Se había puesto unas pestañas postizas desproporcionadas para el tamaño de sus ojos, aderezadas con unos champlones negros alargados, que pretendían hacer de línea de los ojos. La cara y la parte del cuello que era visibles estaban plagadas de puntitos rojos, y tampoco daban testimonio de haber tocado jabón. Llevaba una cazadora de esas de plástico, imitación a cuero, con más mugre que color. Estrujaba debajo del brazo una especie de bolso de tela con felpa o similar. Un pantalón vaquero ceñido y raído o desgastado, no de los que se llevan rotos adrede como está de moda, que le daban a sus piernas una sensación de palillos. Desembocaba en unas zapatillas blancas de tamaño descomunal por lo aparatoso de sus formas laterales y por unas plataformas desproporcionadas. En un momento dado, casi ya cuando íbamos a irnos, me fijé en sus supuestos pendientes, unos aros grandes, pero que eran unas alambres, literal, de color amarillo.

    No me he podido quitar de la mente, ni de la mala sensación instalada en mi estómago, ni su imagen ni mi inseparable sensación de impotencia cuando me encuentro con algún caso tan claro como éste, sabiendo que no puedes hacer nada. Llevaba los ojos abiertos pero no miraban a ninguna parte, estaban perdidos en un vacío invisible para los demás y no sé si en realidad podría tener algún contenido para ella. Se me disparó la metralleta de preguntas: a dónde va, dónde y con quién vive, ha tenido una escolaridad normalizada, tiene alguna relación con los servicios sociales, está en las garras de algún chulo, se habrá escapado de algún centro de diputación... todas sin respuesta. Eso sí, era una cara reflejo de sufrimiento y de tristeza difícil de disimular y me tuve que tragar las lágrimas. Hoy unos días después aún no me he podido librar de su imagen, así que esta entrada va a ir sin fotos ni imágenes, porque no puedo escanearla de mi interior.

 

 

viernes, 7 de junio de 2024

Otros ladrillos en la pared

    Recordando a Pink Floyd, creo que en estos momentos se está poniendo inconscientemente más ladrillos en la pared que están condicionando y cerrando muchas posibilidades a los menores para su desarrollo armónico y completo. Estos ladrillos de ahora no son reflejo del autoritarismo, como los de la canción, son muy sutiles, se cuelan porque parecen buenos y destrozan más por dentro. Resulta que ahora es el gobierno el que tiene que sacar una ley para controlar, o mejor dicho, obligar a que se proteja a los menores del uso y abuso de los móviles y tabletas con acceso a internet.

    Otro ladrillo en el muro de la incomunicación dentro de la familia, cuando tendría que ser ésta la primera en educar en su uso a su prole. Se empieza a poner un móvil desde infantil a la criatura porque fíjate que fenómeno y que listo es que lo maneja mejor que nosotros. Claro, después se pasa que mientras tenga ese trasto entre manos no hay niño y te deja estar a tus cosas sin que te moleste. Si se lo quitas monta una trifulca de cuidado o quiere el tuyo... ya se ha establecido un primer paso para la adicción. Llega a clase más mayor y el profesor o profesora de turno se lo retira porque lo está usando cuando no está permitido. Y de esto puede haber miles de historias de profesores que lo han tenido que aguantar. Poco menos que van a denunciar al centro por apropiación indebida, cuando no van a a visar a su padre para que les monte otra barrila hasta que se lo devuelvan. Luego ya nos metemos en unas relaciones que más que presenciales son virtuales, el acoso por las redes sociales y ya nos están amenazando de lo destructivo que puede ser el acceso a la inteligencia artificial para este tipo de juegos perversos.


    A todo esto, salen en tromba los pediatras, los psicólogos infantiles, los educadores para avisar del desaguisado educativo que se nos avecina con este asunto, aunque sus llamadas de atención se quedan diluidas en el tráfago ensordecedor de los decibelios del consumo y en la dispersión personal en la estulticia social. Por una parte, problemas en las relaciones y se puede fomentar el aislamiento. Por otra se agrava los déficit de atención. La familia acaba por no ser la transmisora de educación ni de valores, sino que solo vale lo que dicen los colegas en las redes o los gurús de tic-toc, youtube o similares. Incluso si se empieza de muy pequeños a usar los móviles, además de problemas visuales por el exceso de uso de pantallas, se puede dar un grave déficit de desarrollo en la capacidad del uso de los dedos para agarrar, lo que fue fundamental para el desarrollo de los antecesores del sapiens. Ya hace tiempo hice una entrada invitando a que se hable con los hijos, cuando se empezaba a ver las madres o padres con el móvil y las criaturas aburridas o llamando la atención. Hoy estas actitudes entran, por desgracia, en el paisaje de cada día y lo contrario son honrosas excepciones.

    Y es que, por lo que se ve, somos los adultos los primeros que utilizamos el móvil indiscriminadamente y los menores aprenden más de lo que ven que de lo se les dice. Todo lo que favorezca la incomunicación entre padres e hijos son costumbres o actitudes de alto riesgo, que pueden desembocar en conductas disruptivas, en problemas psicológicos e, incluso, en casos de violencia parental al llegar a la adolescencia: más ladrillos en el muro.

    En otro orden de cosas, esta sociedad se niega a ver lo que hay detrás o debajo de esos aparatitos tan listos, que nos facilitan todo y nos dicen lo que tenemos que hacer en cada momento. Hay esclavitud infantil en las minas del Congo que extraen el mineral imprescindible para su uso, además de una cantidad ingente de muertes entre los mineros.

Las compañías explotadoras están expoliando el país y convirtiéndolo en un estado fallido nido de mafias, guerrillas y corrupción. Algo parecido les pasa a los que trabajan en la producción de los micro chips que los hacen funcionar. Y para rematar se está  saturando el espacio de satélites y de basura espacial para que juguemos a cacharritos con ellos.