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Lunes 1 de junio. Ya ha pasado la ola tórrida y podemos, por fin, disfrutar de un día soleado y fresco. Sanqueremos aprovechando trazos de otros recorridos y terminando en un hito de la historia y de la arqueología de Bizkaia: la ermita de S. Pedro de Abrisketa, como novedad. Nos juntamos, contra todo pronóstico, 25 aguerridos senderistas. Cumplimos los horarios previstos y a las 9:30 emprendíamos camino en Bolueta. Un primer tramo, que ya nos resulta familiar, el parque de Montefuerte que nos llenó de frescor matutino y bautizó nuestras zapatilla con el rocío de las hierbas. Al llegar a la altura en que las direcciones se dispersan se planteó la alternativa de seguir por carretera o por monte hasta el Consorcio de Aguas. Se optó por la segunda y para muchos se abrieron nuevas vistas sobre los pueblos y se fueron sorprendiendo por las espectaculares piedras o los pasajes envueltos en arbolado. Nos llevamos un primer susto con un vahído de una compañera, pero nuestra enfermera de cabecera estuvo al quite y todo se quedó en un susto.

Después de dos cuestas un tanto pertinaces, el camino se fue allanando hasta llegar a la base del Castro de Malmasín que la recorrimos hasta toparnos con un barrio perdido a esa altura. Seguimos camino por el asfaltado que da acceso al último caserío hasta llegar a una carretera por la que descendimos hasta otra más grande que no era otra sino la que habíamos dejado sin recorrer. A poco, hay unas campas con arbolado que tiene unos bancos que hacían en su día de área de descanso, pero que hoy, unos años después, apenas se sostenían en pie de lo abandonados que estaban. Como tenía previsto, un buen sitio para la parada y fonda. Compartimos espacio con unas cuantas mujeres que estaban aprovechando la campa para tomar el primer sol de la temporada, un disfrute al que nunca alcanzaré a comprender.
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La primera foto de grupo se hizo bajo el tilo que había dado sombra durante el hamaiketako al mayor grupo de nosotros. Luego se informo de la última novedad del recorrido y los dos valerosos santiagueros del grupo invitaron al personal a compartir unas etapas del camino de la costa para setiembre u octubre, siempre contando con el permiso de las novedades meteorológicas. Nos pusimos de nuevo en marcha por un tramo de carretera a pleno sol bordeando las instalaciones del Consorcio, hasta descender a Mendikosolo. Se paró la marcha no para tomar algo, porque estaba cerrado, sino para todo lo contrario. Luego seguimos las instrucciones que yo había consultado en internet bordeando el pequeño embalse de esa preciosa zona. Según las mismas de ahí a la ermita entraba en un trayecto que era apto para una excursión familiar, sin embargo nos fuimos encontrando ya desde los primeros pasos que aquello era parecido a lo del kilómetro vertical -900 ms. sin piedad ni respiro- que se hace en otros sitios. He de reconocer desde aquí el esfuerzo y la entereza del personal para sobrepasar con gallardía la difícil ascensión, a lo que colaboró el arbolado que nos protegía del sol. También hubo otro pequeño desfallecimiento sin consecuencias.
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Llegados arriba nos recibió un típico aldeano que con cierta sorna nos iba haciendo comentarios y nos indicó el camino correcto para llegar a la ermita por el mejor camino. Pero hete aquí que una compañera observó que había perdido las gafas y se tuvo que volver, tras unos momentos de desconcierto, en su búsqueda acompañada de un voluntarioso compañero. Estuvimos esperando por si las encontraban, hasta que se vio que aquello iba para largo y entonces retomamos la marcha, en el mismo instante en que bajaba de la cantera un gigantesco dúmper que nos dejó impresionados. A todo esto habíamos estado visitando la famosa ermita con su curiosa forma posterior de un tejado cubriendo un antiguo ábside anterior a la construcción actual. Delante de ella nos sacamos otra foto de familia dejando a nuestra espalda un ventanuco de estilo visigótico o similar. El mayor ranking de admiración se lo llevaron los dos pequeños relieves que estaban sobre la puerta bloqueado de un lateral, dado que uno de ellos conservaba la habitual pornografía de los canteros que labraban las piedras en el medioevo, sobre lo que existen varias versiones entre los entendidos. Me deprimió no encontrar ningún resto de los enterramientos de los primeros siglos.
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Bajamos sin más hacia el centro de Arrigorriaga por un primer tramo de una carretera de anchura excepcional envuelto en restos de canteras y que llegaba hasta la entrada de la cementera. Dedujimos que estaba preparada para la circulación de semejantes cargamentos, como el que acabábamos de ver, a todo esto conducido por una mujer que a estas alturas no tendría por qué extrañarnos, digo yo. Tuvimos que atravesar las vías por una de las pasarelas que, para disgusto de algunas, no tenía ascensor de subida. Perdimos un tren que pasó mientras estábamos de camino y nos tocó dicinueve minutos de espera en la estación. Los catorce de la comida se apearon en Basauri, porque, al parecer, les gustó el sitio que visitaron en la salida de Zaratamo. Los dos de la búsqueda de las gafas habían cogido el tren que perdimos y ya les estaban esperando a la salida.