martes, 9 de junio de 2026

A su santidad

 


Santo Padre, he seguido con atención los mensajes que está lanzando en esta visita tan esperada a nuestra nación. He de felicitarle a usted, o a quien le haya preparado el discurso ante el parlamento, por la filigrana diplomática del mejor y más depurado estilo vaticano. Comenzó usted con un primer apartado en plan "captatio benevolentiae" para preparar la atención y la predisposición del auditorio a acoger sus mensajes. Igualmente cerró con una coda de lujo significando las imágenes del hemiciclo y arrancando una metáfora sorprendente de la claraboya que culmina el techo del mismo. Nos regaló con un profuso incienso citando a los grandes místicos, Unamuno incluido, y la importancia de Salamanca con el padre Vitoria al frente de los fundamentos del derecho que se le debe.


Entre llamados a la solidaridad, a la atención a los inmigrantes, a la justicia social o al uso responsable de la IA y de todos los ingenios y redes al uso del momento, con los que estoy de acuerdo, nos fue soltando bajo cuerda y sin nombrarla por su nombre la doctrina católica sobre el aborto, la eutanasia, la familia, los cuidados... Lo remató aduciendo que esos principios están por encima de acuerdos o votaciones llevadas a cabo para darles vía de legalidad. En eso perdió de vista que estaba precisamente en el lugar donde se dirimen esas cuestiones que rigen el orden social y democrático de un país.

Creo que también usted era consciente de que la mayor parte del auditorio estaba pendiente de que hablase del elefante en la habitación, esto es, del problema de la pederastia en un gran número de miembros de la iglesia. Usted pasó el tema sin querer nombrar al bicho, no sabemos por qué. Luego ha transcendido que lo nombró en la audiencia a los obispos como una plaga y poco más. Tenía usted a la puerta a las asociaciones de víctimas de pederastia protestando con un cabreo monumental. Veo que prefirió, o así se lo prepararon los responsables de la conferencia episcopal, llevar el tema con discreción y con un sorprendente secretismo en su encuentro con algunas víctimas, seleccionadas previamente entre las que no habían dado guerra. Mire santidad, tendría que haber empezado pidiendo perdón públicamente a los presentes, como representantes de todos los ciudadanos, por esa plaga, como lo llamó usted, que ha destrozado muchas vidas y torturado otras tantas conciencias. Creo que además podría haber anunciado medidas eclesiales y acuerdos con las autoridades civiles para frenarla y atender a las víctimas, porque aquí también se trata del cuidado de la vida que tan alto ha proclamado.


El capítulo que dedicó a la necesidad de confrontar ideas con el diálogo, respetando el pluralismo y evitando confrontaciones  perjudiciales de todo punto de vista, no creo que haya calado mucho en su auditorio. Los de un bando proclaman con entusiasmo la coincidencia con su doctrina humanística con la que se sienten en perfecta sintonía. Los del otro comentan que lo de prioridad nacional, la reclusión de ilegales a la italiana y otras lindezas en relación con los inmigrantes no tienen ninguna contradicción con lo expuesto por su santidad, más aún, que su discurso ha sido una descalificación en toda regla del gobierno de Sánchez. No creía yo que su santidad participara como elemento de apoyo externo para el acoso y derribo del señor presidente del gobierno.

Ya ve santo padre, usted es muy americano y le puede resultar un tanto complicado entender estas guerras de navajazos, garrotes y emboscadas tan propios de la gente del país de la piel de toro. Cada cual va a utilizar su discurso para montar una guerrilla más, en vez de hacer con el un instrumento de paz, como usted deseaba. País....

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