A parte de palomas y llamas que se posan en las cabezas de los seguidores de Jesús, Pentecostés es algo más, a mi entender, que un milagroso acontecimiento de un día. Vendría a ser poner punto de arranque, con una narración simbólica, a algo que se venía cociendo a partir de la ejecución del Nazareno. Algo así como un concilio primitivo que nos hace ver que aquellos seguidores de Jesús pasaban de ser una banda de fanáticos a sentirse unidos por un espíritu común que les impulsaba a predicar el mensaje de su maestro y a adoptar un modo de compartir vida coherente con los principios que éste les había ido inculcando en sus años de convivencia. En un primer momento no pasaron de ser una secta más dentro del judaísmo, hasta que se fueron extendiéndose a otros países e inculturizándose con otras tradiciones, filosofías o valores sociales. Ya desde el principio se fueron quedando dispersados pequeños grupos o comunidades, fieles a la tradición judaica que no siguieron el proceso eclesial que aparece marcado en las escrituras. En su momento fueron también fuente de inspiración para la creación del Islam.
De aquí a nuestros días hay un largo camino de siglos con escisiones, dogmas, jerarquías, concilios, guerras... que no siempre han tenido en cuenta de dónde salieron y que lo del Espíritu no dejaba de ser un asunto doctrinal más a discutir. Los avatares históricos, en los que se utilizó la religión como una herramienta más para el poder, han ido abriendo diversos caminos de seguimiento en forma de religiones, bastante mal avenidas entre sí hasta nuestros días, por aquello de que han estado disputándose la exclusiva del Espíritu y aniquilando a sus contrarios.
Antiguamente se decía que, para cuando los misioneros llegaban a tierra de infieles, el Espíritu ya estaba por allí. Solamente los auténticos supieron descubrirlo entre aquellas gentes a las que teóricamente se lo iban a predicar, mientras que otros redujeron su función misionera a imponer, por las buena o por las malas, la religión verdadera. Y este principio se puede aplicar a partir de todas las religiones antiguas. Lo importante que aportó Jesús de Nazaret fue transmitirnos su experiencia vital de ese Espíritu que según los textos nos acompañará siempre, nos pondrá las palabras que tengamos que decir, será nuestro compañero incondicional en los momentos de dolor o de inseguridad o nos inspirará para encontrar el camino y el sentido de nuestra vida.
A todo ser en la naturaleza se le puede aplicar lo que se dice del ser humano: nace, crece, se desarrolla y muere. También podemos aplicar esto a las religiones anquilosadas en sus dogmas, doctrinas y funcionamientos. Después de su desarrollo puede que les vaya llegando el momento en que, por cuestiones del paso de generaciones, por los nuevos sistemas de vida que se están innovando o por otros eventos históricos imprevistos que se puedan dar, vayan desapareciendo. Lo importante será que dejen un rastro o una herencia positiva para el bien de la humanidad, al igual que el ser humano deja huella de sí a través de su descendencia, de sus creaciones o de su cultura.
Quién sabe cómo estarán las cosas de las religiones en el siglo XXII. Igual nos mirarán como nosotros miramos los restos religiosos de las pinturas rupestres o de los museos religiosos, solo que entonces puede que se reduzcan a edificios o imágenes que, más allá de su valor estético, hayan perdido su función y su valor simbólico. De algo estoy seguro, sin embargo: aunque desaparezcan todas las religiones, el Espíritu seguirá en medio de los hombres y en las entrañas del mundo, aunque no podamos alcanzar a visualizar sus nuevas formas de presencia y de acción.



