jueves, 20 de agosto de 2020

Féliz cumpleaños

Este pasado 14 de agosto me han caído los 72 años. Estábamos en Quintanilla y lo celebramos sumergiéndonos en el bosque Hijedo para darnos un baño de naturaleza y de frescor. Fue como un querer absorber la fuerza de la vida para cargar las pilas ante este nuevo año que no trae buena pinta. Luego nos regalamos con una comida de caprichos. En el descanso posterior recibimos una mala noticia de la familia y tuvimos que recoger a toda prisa para regresar a Barakaldo. De todos modos quedaba pendiente la celebración al completo incluyendo a Irene, así que convinimos en que el día que mejor nos convenía para hacer la celebración era el miércoles 19.


Causalidad que para este día estábamos amenazados con una insoportable subida de temperaturas, pero, a pesar de ello, mantuvimos el plan previsto. También nos dimos cuenta que habíamos formado un número capicúa 7227, esperando que nos diera buena suerte, formado por mi edad y por la suya. Más nos vale que así sea. El plan previsto era el regalo de Irene, que consistía en acompañarme a subir desde Mena al Diente del Ahorcado, o mejor dicho, al Castro Grande (1.085 mts.) del que está despegado. El dato curioso es que esa promesa me la  hizo hace catorce años, mas o menos. Por aquello de que "más vale tarde que nunca" hemos cumplido por fin hoy ese propósito tan abandonado. He de confesar que sí: ha sido un auténtico regalo disfrutar de su compañía en esta magnífica subida. 

Con el viento sur la visión era perfecta y es increíble todas las vistas que se pueden disfrutar desde esa cumbre. Hemos subido sobre el horario previsto, aunque hemos encontrado desprendimientos que han obstaculizado el camino y que han hecho más molesta la bajada. Al revés de lo previsto, no hemos pasado calor hasta la llegada al coche para volver. La subida está protegida por un tupido bosque y por la sombra de los farallones cuando dejamos los árboles atrás. A partir del túnel de la Complacita, la pista de acceso a las antenas de la cumbre discurre por un paraje pelado, pero hemos tenido suerte por unas nubecitas lenticulares que nos han hecho de sombrilla. En la cumbre ha salido el sol, pero con la fuerza del viento no nos molestaba. Irene se ha tenido que poner un jersey, quién nos lo iba a decir.

Hemos cerrado el día comiendo en un vegetariano de Bilbao, porque el de aquí estaba de vacaciones. Eso era parte del trato, porque Irene es vegetariana y María y yo no hacemos ascos a los vegetales. En fin una celebración estupenda que espero mantener en mi recuerdo como uno de mis mejores cumpleaños. A propósito, el restaurante vegetariano es el Margarito, que está al lado de la plaza Jado. Los tres hemos quedado muy contentos de la atención, de la comida y del precio. El ambiente está muy cuidado y resulta sumamente acogedor. La jornada ha resultado ser un poderoso chute para transitar con buen pie los tiempos nublados en que estamos intentando sobrevivir.



martes, 4 de agosto de 2020

Recuerdos de Mallorca IV

La siguiente escapada nos llevó hasta Esporles. Es un pueblo que está asentado a los pies de la Tramontana, mirando hacia el interior. No está lejos de Mallorca, así que el viaje fue corto. Nos costó un buen rato encontrar el punto de partida que teníamos indicado en la ruta de senderismo, incluso un cartero no se aclaraba. Fue toda una sorpresa desde el principio. Tras atravesar unos terrenos de labranza con las terrazas habituales y unas casas típicas del campo mallorquín, comenzamos la ascensión a una ermita con un tramo muy empinado.
Al finalizar éste nos encontramos con una estatua del Sagrado Corazón que preside el valle. Dicen en la zona que, visto desde su mirador, el pueblo tiene forma de delfín, lo que se puede comprobar en la foto. 

A partir de aquí nos fuimos adentrando en un monte de encinar bajo llenos de piedras de todos los tamaños. Nos llamó la atención unos muretes circulares sin cerrar, como quien deja una entrada. En la ermita nos llamó la atención el sistema de sacar agua. La ruta marcaba otro trayecto opcional que llevaba hasta la cumbre del monte, así que optamos por completarlo. Llegamos a una segunda ermita que estaba mantenida en pie, y muy arregladita por cierto, por un grupo montañero que también se dedicaba a mantener vivas las historias del lugar.
Detrás del pequeño edificio encontramos la respuesta a nuestra intriga de los muretes. Aquel monte había estado dedicado a la producción de carbón vegetal. Había una reproducción de lo que eran las chozas que usaban los carborneros. Junto a ella había un pequeño corro de piedras con restos de una hoguera y una explanada circular, que debía de ser para instalar la carbonera. En la medida que nos adentramos en el bosque nos encontramos con más restos que repetían ese mismo esquema.  Había muros a cada poco, lo que supongo eran las divisiones del territorio de cada cual, como se puede ver en las fotos narradas del final. 

Después de dar cuenta de los bocadillos sentado en lo que debió de ser el pretil de un pozo, intentamos llegar hasta la cumbre. Se nos abrieron varias vistas sorprendentes tanto hacia el mar como hacia el interior. De todos modos, tuvimos que desistir de llegar hasta la cumbre, porque, una vez más, los horarios de las líneas limitaban nuestras posibilidades. Solo había dos buses de vueltas con dos horas de diferencia. Si cogíamos el primero perdíamos mucho tiempo de andar, pero si optábamos por el segundo no íbamos a llegar a coger el último bus de la línea que nos llevaba al hotel. Así que nos tuvimos que aguantar la frustración y vuelta para abajo.
Fue algo emocionante sentirse perdidos en aquel amasijo de piedras y pequeñas encinas. Se nos antojó que habíamos descubierto un sitio singular de esos que son difíciles de encontrar. A pesar de la contrariedad fue un día precioso y llegamos con tiempo de sobra a la cena. Eso sí nos volvimos a encontrar con alemanes, esta vez jóvenes con pinta de universitarios. 


domingo, 26 de julio de 2020

A propósito de repuntes

Vivimos en una permanente alarma ante la cantidad de repuntes que se están dando. Hay dos problemas que se señalan desde las autoridades y desde los medios de comunicación: el aumento del número de jóvenes infectados y el ocio nocturno, donde, por lógica, más abunda la población juvenil. Si añadimos a esto la costumbre de botellones y quedadas al uso, debidamente bañadas en alcohol y rematadas con otras sustancias, no hace falta apellidarse Simón para concluir que los jóvenes, aunque se queden en infectados asintomáticos, acaban convirtiéndose en unos formidables agentes de expansión del virus. He estado escuchando en la radio debates sobre que no hay que echarles la culpa de todo sin más a los jóvenes. Por supuesto, entre los mayores también hay irresponsables dignos de calificativos más gruesos, y, por supuesto, en que actúen así algo, o mucho, tenemos que ver los adultos. 

A lo largo de los años en que escribo en este blog, he dedicado gran cantidad de entradas a temas educativos, en las que he señalado machaconamente los peligros y las consecuencias nefastas de consentir los caprichos, de no utilizar el no, de no preparar a los niños a soportar contrariedades, de que la gente normal no ejerza un apoyo educativo ante conductas asociales, de que se deje todo el tema de la educación en  manos de la escuela y de las  instituciones... Por otra parte, se les ha consentido, incluso reído las gracias, cuando han utilizado hábiles argucias y trampas para librarse de obligaciones o para engañar a profesores, autoridades o familiares. Todo este sustrato de que "hago lo que me da la gana y no me pasa nada" va aflorando en los distintos momentos de la convivencia social, escolar, familiar o de ocio.

Llegados a este momento resulta que las trampas no valen ni sirven para librarse del bicho. Se puede engañar a los padres, a los policías para que no les pillen, pero al virus es imposible. La única defensa que resulta válida está basada en la responsabilidad personal. Saben de sobra qué es lo que tienen que hacer para no acabar infectados, pero sus valores se basan en dos principios inamovibles: "yo quiero" y "no me gusta". Si se suman esos dos factores tenemos un resultado altamente peligroso: el sentimiento de impunidad con un índice de riesgo difícil de controlar, por más campañas que se hagan. Lógicamente, el control de este problema no solo es responsabilidad de los jóvenes, sino también de la educación familiar, de la influencia social... Al loro.  

sábado, 25 de julio de 2020

Recuerdos de Mallorca III

Teníamos previsto hacer varias rutas de senderismo.  Decidimos comenzar por una que acababa en La Trapa, un antiguo reducto monacal abandonado y colgado entre acantilados. Debíamos coger la línea de Andrax para luego tomar otro bus, que resultó ser un minibus, que nos acercase a StElm. En el primer pueblo que hizo parada tuvimos otro baño de masificación. Una nube de de gente de todo tipo y nacionalidad se apelotonaba en la puerta de acceso entre gritos y empujones hasta dejar el vehículo retacado a más no poder. El bus de enlace estaba esperando al llegar, así que no tuvimos mayor problema. Creíamos, ingenuos de nosotros, que nos dirigíamos a alguna población pequeña de la costa. Andrax nos pareció un amasijo de casitas, urbanizaciones y comercios sin personalidad alguna. 

StElm era un rincón a pie de acantilado en el que se habían instalado unas cuantas urbanizaciones, de distinto pelo  y categoría, sobre la misma orilla del mar. Vimos que algunas tenían rampa directa al mar para guardar su embarcación en los bajos de la casa. En esa época del año estaba vacía de personal, porque prácticamente solo se usa en verano y la mayoría son de alquiler, como nos contó el conductor. Lo mejor del lugar eran las espectaculares vistas sobre la isla Dragonera.

Tras el típico despiste de encontrar la calle correcta para comenzar a andar, dimos enseguida con el camino. Ya desde el comienzo del recorrido chocamos con otra peculiaridad de Mallorca: estábamos rodeados de alemanes. En todo el recorrido de ida y vuelta solo nos cruzamos con un grupo de españoles, sin contar con el restaurador del viejo cenobio.
El camino partía de una pista ancha, pero a poco de comenzar las marcas del senderismo nos sacaban de ella y nos metía en un subir y bajar trepando por acantilados de vistas impresionantes. Alguno de los tramos eran realmente exigentes, pero, ante el panorama, las distintas perspectivas del perfil de la Dragonera y la inmensidad del mar delante, merecía la pena el esfuerzo. Faltaba poco para las dos del mediodía cuando llegamos a La Trapa. Fue una visión sobrecogedora la que tuvimos desde lo alto del camino: todo se reducía a unos cuantos edificios pequeños, medio derruidos, rodeados de terrazas para la labranza. Algo separada se veía otra casita que contenía unos mecanismos para moler el grano. Algo increíble: cómo se podría sobrevivir en aquel barranco fuera del mundo y, por si fuera poco, cómo montar toda una organización para autoabastecerse y posibilitar una vida comunitaria. Vamos, una auténtica "fuga mundi".

El responsable de la restauración nos atendió muy bien. Como en casi todos los temas de cultura o de mantenimiento del patrimonio, no tardó en denostar con las decisiones de su gobierno, que ni entendía de cómo había que actuar ni se dejaba enseñar. O sea, que se tomaban decisiones en base a la política y no con criterios basados en el conocimiento del terreno. Luego comimos en un auténtico balcón abierto al mar y a los acantilados. La vuelta fue más prosaica y pesada. Tomamos la pista ancha que habíamos abandonado al principio. El barranco por el que descendía también era impresionante, pero carente de aliciente después del banquete paisajístico de la mañana. En honor a la verdad en el camino de vuelta nos cruzamos con un grupo de ingleses.

Nos tocó esperar un buen rato a que saliera el bus que nos tenía que dejar en Andrax. Así que aprovechamos para examinar la zona, sacar fotos y charlar con el conductor. La vuelta fue otra aventura para llegar a cenar al hotel. Si nos bajábamos en la estación central corríamos el riesgo de que el último bus al hotel ya hubiese salido. Así que nos apeamos en una parada anterior, por la que tenía que pasar en dirección contraria a la que llevábamos. Menos mal que salió bien la jugada y no llegamos tan tarde como la vez anterior, aunque tuvimos que ir directamente al comedor y la ducha tuvo  que esperar.

No he dejado de dar vueltas los sentimientos encontrados que me habían provocado las dos visitas. La cartuja de Valdemosa con una arquitectura preciosa, museo histórico con tesoros y rodeada de palacios señoriales. La trapa que acabábamos de ver en el extremo opuesto: austeridad, disciplina y vida de recogimiento. Resultaba un vivo reflejo de cómo había surgido la vida religiosa y dónde se fue acomodando con el tiempo al rebufo de los poderosos o, lo que ha resultado siempre más chocante, convirtiéndose en un nuevo grupo de poder y riqueza. 



viernes, 24 de julio de 2020

En los límites del paroxismo

A raíz de las recientes elecciones al parlamento de Vitoria, me he quedado con algunos hechos tan chocantes, que uno no puede pasar de largo, porque indican hasta qué límite de insensatez están llegando algunos políticos o, lo que es peor, hasta dónde son capaces de llegar con tal de sembrar confusión. Digo que están llegando al límite del paroxismo, porque la inmensa mayoría de sus afirmaciones resultan ser insultos a la inteligencia del ciudadano medio, pero en esta ocasión el señor Casado está superando su propio récord de insensatez o de cinismo, que al fin y a la postre nunca se sabe.

Comenzó rescatando un muerto viviente de la política para ponerle al frente de su candidatura en nuestro país. No se puede uno imaginar qué podría hacer este buen hombre a estas alturas en unas elecciones tan reñidas como son las de aquí. Resulta que, por lo que decía, he sacado la conclusión de que estaba desfasado en el tiempo y en el espacio. En el tiempo porque no parecía haberse enterado de que ya estamos en el siglo XXI, que ETA ya no existe hace mucho tiempo, que EH Bildu tiene  vida propia  y no solo es su heredero, que Otegi fue lo que fue pero que está haciendo política -aunque no le guste-, que el PNV le lleva muchos años de delantera en gestión y que él mismo ha obviado tener en cuenta la lista de defenestrados en su partido por querer hacer política vasca en el País Vasco, o sea, que él estaba ahí porque habían echado a otros, no por méritos propios. En el espacio, porque lo que decía era lo mismo que su mentor estaba diciendo en el parlamento de Madrid, por eso siempre tenía que ir con la chuleta escrita en todas sus intervenciones. La joya de la corona la puso con aquello de que habían vencido a las estadísticas, por lo que el resultado de del escrutinio había sido positivo para su coalición, cuando había cosechado los peores resultados de su historia. Increíble pero cierto.

Y ahora viene lo bueno. El ascenso del PNV y, sobre todo, de la izquierda abertzale le resultó particularmente indigesto al señor Casado. El caso es que llegó a declarar públicamente que ante estos resultados la sociedad está haciendo algo mal. Clarividente: lo correcto es solamente lo que él proclama, porque nunca se equivoca. Unos miles de ciudadanos no saben lo que dicen, o lo que quieren o son unos malvados que hacen las cosas mal intencionadamente, a saber. 

En estos momentos está rematando sus insultos a la inteligencia y la memoria de los ciudadanos. Acaba de proclamarse poco menos que en el artífice de los beneficios que va a recibir España de las partidas preparadas por la UE para la recuperación de la crisis, a través del grupo parlamentario de su partido. No se habrá dado cuenta que tenemos presente todas las zancadillas y la campaña de desprestigio que han estado orquestando los suyos en Europa, para que el gobierno no consiguiera nada, sin pensar en el perjuicio que eso acarrearía a todo el estado. Para remate se niega a aceptar las conclusiones de reconstrucción en el terreno social y laboral. Lo dicho, están superando todos los límites de la decencia y de la ética.



lunes, 13 de julio de 2020

Recuerdos de Mallorca II

Uno de los planes, que ya nos había llamado la atención desde que comenzamos a hacer consultas en internet, era la visita a Sóller. El principal aliciente consistía en experimentar un viaje en un tren centenario y rematarlo con un tranvía de similar época que acerca a los viajeros hasta el puerto que lleva su mismo nombre, aunque está algo distante. Otro aliciente consistía en descubrir una población prácticamente enterrada entre unos riscos impresionantes. Después de acercarnos a la estación y de informarnos de los días en los que había precios especiales, por aquello de ser de menor afluencia de viajeros, marcamos el día para el viaje. Al mismo tiempo, pensamos que sería interesante regresar en bus por cambiar de panorama y poder circular por la famosa carretera retorcida que repta entre las faldas y los acantilados de la Tramontana. Consultamos los horarios y pudimos comprobar que ese bus tenía parada también en la afamada población de Valdemosa y que, a última hora de la tarde, disponíamos de otra línea que nos dejaba en la estación central de Palma.

Sóller desde el tren
Dicho y hecho. Nos preparamos unos bocatas y frutas y nos lanzamos a lo que resultó ser una aventura de transporte público. Salimos con una hora de antelación porque la línea que nos llevaba a Palma se tomaba su tiempo dando vueltas por las grandes superficies comerciales de los alrededores de la capital. Llegamos al tren y nos extrañó la cantidad de vagones que tenía, totalmente desproporcionada para el personal que íbamos a montar. El acomodador o inspector del tren se puso hacia la mitad del convoy y avisó que en los vagones que estaban a su espalda estaba prohibido subir. No habíamos andado poco más de veinte minutos, cuando el tren estuvo parado un buen rato en un andén perdido en tierra de nadie sin ninguna población a la vista.Hasta que apareció una nube de personas mayores peleándose por una siento y dirigidas por paraguas de colorines que daban instrucciones a voz en grito sin parar. Otros veinte minutos llevó la operación hasta que se percataron que no habían perdido a ningún excursionista. Esta fue la primera experiencia de la masificación de los viajes que ofertaba el Imserso.

Fue una experiencia muy bonita experimentar de nuevo cómo sonaba un tren en una vía estrecha con travesaños de madera o atravesando un túnel. Poco antes de descender a Sóller el tren hizo una parada estratégica para que el personal disfrutase de una preciosa panorámica y se pudiera hartar a sacar fotos. Una vez en Sóller, dejamos que la marabunta se arrojase a  invadir la las terrazas de la plaza del pueblo.
Nosotros nos percatamos primero dónde y a qué hora se cogía el tranvía. Nos dimos una vuelta contemplando los alrededores y embarcamos en el legendario tranvía, otra experiencia curiosa con asientos de madera y sistemas más parecidos a los tranvías de mi infancia que a los de ahora. El puerto no tenía nada que ver, excepto embarcaciones de recreo y tiendas y tenderetes por doquier. Nos habíamos hecho a la  idea de dar un paseo hasta un pequeño faro que está en una de las puntas de la bocana del puerto, pero no disponíamos de tiempo. El recorrido llevaba su tiempo y la parada del bus estaba muy a las afueras. Así que paseamos un poco por la playa y nos sentamos en un muro que se adentraba en el agua para dar cuenta de nuestros bocatas,rodeados de las mansas aguas del Mediterráneo.



Después de preguntar tres veces conseguimos llegar hasta la parada de los buses de línea. Observé algunas señalizaciones de senderismo que había mirado en internet, pero tendrían que ser para otra ocasión. A la hora en punto son recogió el coche de línea y se lanzó a trepar por una carretera tallada en la roca, poco más o menos, unas veces colgados de una pared y otras temiendo que nos íbamos por el acantilado abajo. En el trayecto vimos unos pueblos y unas edificaciones preciosos que no tenían nada que ver con la masificación con que nos habíamos encontrado en la primera parte del viaje. Llegamos a la afamada Valdemosa. Comenzamos por hacer una primera inspección del pueblo.  La carretera y una plaza contigua estaban repletas de terrazas llenas a esa hora, las tres y media o así. Por lo que pudimos ver los precios estaban aptos para carteras alemanas y esas no son de las nuestras.


El edificio de la Trapa destaca sobre todos los edificios y viene a ser la principal atracción del pueblo, pero, maldición, era domingo y estaba cerrada a las visitas, no como los museos que cierran los lunes. Nos dedicamos a contemplar una serie de iglesias y edificios históricos. En uno de ellos hay un balcón con unas vistas preciosas sobre las laderas que van llevando hasta el llano que termina en Palma. Nos encantaron tantos los jardines públicos como algunos privados. Dado que nos quedaban unas horas hasta el siguiente bus, aprovechamos para hacer un poco de senderismo y fuimos subiendo por una de las colinas pedregosas que rodean el pueblo.
Valdemosa
Desde allí pudimos tener unas vistas interesantes, incluso por algún resquicio se veía un cacho de mar. Cuando comenzó a caer la tarde nos dimos una última vuelta para ver unas torres que quedaban algo separadas del núcleo de edificios y regresamos a la parada, aunque aún faltaba más de media hora.


Estuvimos esperando tranquilamente con no más de cinco personas, pero poco antes de la hora de llegada se arremolinó un pelotón de personal con cara asesina, dispuesta a morder si hiciera falta  con tal de que nadie les impidiese conseguir un sitio. Hubo broncas, codazos, insultos, caraduras y de todo. El conductor parecía estar acostumbrado a ese tipo de situaciones, así que ni se inmutó y no arrancó hasta que no quedó nadie en tierra. Talmente, como sardinas en lata llegamos en un santiamén a Palma.
Pero lo peor nos esperaba en la horrible línea que nos tenía que llevar al hotel. Teóricamente funcionaba hasta las nueve, pero, sin que mediara cartel informativo, los domingos lo hacía solo hasta las ocho, tal como nos confirmaron unas señoras que estaban en la parada. Total que tuvimos que coger otra línea que nos dejó en el puerto deportivo cercano al hotel y de allí, cuesta arriba, corriendo para no quedarnos sin cenar. Llegamos justo cuando comenzaban a recoger las mesas, así que algo pudimos pillar. A todo esto estaban comenzando las atracciones nocturnas del hotel y todo el personal estaba ya acomodado de punta en blanco, mirando de reojo las pintas de aquellos dos mochileros que llegaban medio sofocados.

sábado, 11 de julio de 2020

Quosque tandem abutere patiemtiam nostram?

Resulta ya insoportable el río de desvergüenzas con que nos está sorprendiendo el rey emérito. Así que he traído a colación la exclamación de Cicerón en sus catilinarias que se hizo famosa. Y es que no solo están abusando de nuestra paciencia, sino también de la buena fe que la ciudadanía en general había depositado en la institución monárquica. Parece que no tenemos suficiente con la historia reciente de la monarquía impuesta por el caudillo, para dejar atado y bien atado el que la república no volviera nunca. Marichalar, Urdangarin, Juan Carlos, no sabemos nada de Sofía pero se codea con los grandes de las finanzas.
¿A qué más tenemos que esperar, o es que parece importante tener una familia intocable para que corran ríos de tinta y horas de hondas con sus chismorreos en pro y en contra sin que sirva de nada? Resulta que ahora los reyes se dedican a hacer visitas de consolación por todo el estado ¿Para qué, para lavar la cara de su institución, cuando no han dado señales de vida en los momentos más duros de la pandemia?

La transición no quedará cerrada hasta que quede instaurada de nuevo la república. Esta monarquía es el último vestigio de la herencia franquista, porque el golpe estado del 39 liquidó la república y tenemos un derecho, al que no se debe renunciar, a que nos la devuelvan. Hoy en día eso le corresponde a  los partidos que se plegaron a aceptarla por aquello de que había que andarse con cuidado. Sin embargo ahora se están dedicando a hacer ejercicios circenses para sacar la cara a la casa real y evitar que cunda la indignación en la opinión pública. Soy consciente de que en este momento no es un problema de primera fila, pero tampoco se puede permitir echar tierra encima de la podredumbre y mirar para otro lado, mientras se están haciendo los suecos ante una corrupción tan grave. El pueblo español, a través de su historia, ya ha tenido bastante con aguantar todo tipo de reyes: ineptos, minusválidos, vividores, títeres de magnates, emperadores dictatoriales, algún que otro decente y ahora corrupto. Para una vez que el pueblo se libró de ellos,  llegaron los generales y los terratenientes para volver a poner las cosas "en su sitio".
Así que reitero la pregunta del principio: ¿hasta cuándo? República, por favor.

jueves, 2 de julio de 2020

Recuerdos de Mallorca 1

El día 13 de marzo estábamos en el aeropuerto semivacío de Palma conteniendo la respiración esperando que, de verdad, nuestro vuelo no fuera a ser cancelado por lo que estábamos oyendo en las noticias. La puerta se cerró el día 14 así que llegamos a casa sanos y salvos y pudimos sobrellevar la encerrona en nuestro domicilio. Ésta fue la última sorpresa de nuestra segunda experiencia con los viajes del Imserso. No tuvo nada que ver con la primera en cuanto a organización y prestaciones. Solo coincidieron en la masificación del turismo, tanto por la cantidad de pensionistas que juntan, como por las inevitables manadas de grupos guiados, procedentes de aquí y de allá, que se agolpan en los sitios emblemáticos.


Después de la experiencia de Córdoba, que nos resultó muy gratificante, nos animamos a solicitar un segundo viaje. No pudimos acceder a los recorridos culturales del interior, así que a última hora nos animamos a apuntarnos en algunas plazas libres que quedaban en las islas. Enseguida pudimos comprobar que no tenía nada que ver una experiencia con la otra. Una inmensa mayoría de la gente iban simplemente a pasar el rato -paseos, compras, alguna visita, terracitas y animación nocturna- y a que la llevasen de excursión, claro que pagando. El hotel estaba aparentemente cerca de la capital, pero el bus tardaba tres cuartos de hora hasta llegar a las estaciones centrales. El entorno yo diría que era deplorable, por aquello de decir una palabra no malsonante. Lleno de hoteles, rodeados de chiriguitos de la peor calaña y en condiciones indecentes de los que en verano atienden al veraneo de alcohol y playa. El servicio muy justo y con restricciones desde el principio.

Llegamos el día seis al mediodía y no nos explicaron el plan hasta el día siguiente a las 10. Así que aprovechamos la tarde para dar un paseo por una zona cercana que nos llevó a un paseo  que bordeaba la bahía y desde el que se divisaba la línea de tierra, perfectamente dibujada. Un bello espectáculo que no pudimos disfrutar del todo por el viento que azotaba de cara. Desde la entrada en el avión me impresionó la imagen de las rocas de la Tramontana y desde ese paseo se las veía como un telón de fondo que resaltaba la figura de Palma. Una vez que nos dieron las instrucciones, decidimos poner en práctica los planes que teníamos preparados. Solamente nos apuntamos, y en mala hora, a la excursión de las cuevas del Drac, porque las combinaciones no nos iban a dejar mucho espacio de visita. Menos mal que íbamos bien provistos de líneas de bus, horarios y combinaciones para llevarlos a la práctica. 

Así que ese primer día lo dedicamos a tomar contacto con la ciudad, sacarnos la tarjeta de pensionistas para los descuentos en el transporte público, hacer un primer recorrido por los puntos señalados en las rutas turísticas, sacar algunas fotos y localizar las vías que nos ayudasen a no perdernos. Estuvimos dudando si alquilar un coche, pero al final no nos decidimos pues ya suponíamos que podríamos arreglarnos con las líneas de autobuses. Otro craso error, porque el bus que nos comunicaba con Palma tenía unos horarios horrorosos y un día solo nos faltó un minuto para no quedarnos sin cenar. Día primero.

viernes, 26 de junio de 2020

Nausea

Esa es la palabra más adecuada para expresar mi estado físico y mental del momento. Ante la angustia de sentir cómo sufren y cómo mueren tantos conciudadanos, no importa si conocidos o no, uno no puede soportar el gallinero mal oliente que han montado los responsables de sacar al país de ésta pandemia, cada cual desde el lugar  que las urnas le han otorgado. En unas sesiones, supuestamente de control, solamente hemos escuchado insultos, calumnias, datos falsos  e incluso groserías. Ni que decir tiene que en las redes sociales esas expresiones subían esponencialmente de tono, a parte de la cantidad de bulos sin fundamente que se han puesto a rodar por ellas. Por si fuera poco, hemos tenido que aguantar que representantes públicos hayan estado promocionando altercados y actividades fuera del orden vigente en la alerta. Todo un plan perfectamente orquestado  de poner palos en las ruedas para que el que dirige se derrumbe y se le pueda echar de su puesto. Quizás se podría esperar de una oposición responsable el señalar lo que se considera inadecuado, eso sí, aportando alternativas o nuevas sugerencias. Creo que así se las podría considerar sesiones de control.

Si estuviésemos en la Edad Media o en tiempos del Antiguo Testamento, nos dirían que la pandemia ha sido un castigo justo por nuestros pecados, que deben ser gravísimos, dado el alcance del desastre provocado por tan demoníaco elemento. Pero, he te aquí que, por si pensáramos que esto solo pasaba entonces, han aparecido -que yo sepa- un cardenal y el papa emérito para recordarnos que es el mismísimo diablo que ha tomado cuerpo de virus mortífero. Pues con los españoles se ha cebado doblemente porque además de la pandemia, se nos ha castigado con semejantes representantes y gestores públicos, a los que hay que añadir los jerarcas eclesiales de ese pelo. Nos cabe el consuelo de esperar que, en vez de deberse a nuestras perfidias, haya sido porque somos buenísimos y, como  al justo Job, se nos ha puesto a aprueba por ello para aquilatar nuestra bondad.

Castigos divinos aparte, sí creo que esto ha sido un puñetazo en la mesa para llamarnos al orden. Nos ha mostrado que sí estamos metidos hasta el cuello en un desorden global, que deja pálido a la colección de pecados que nos enseñaron de pequeños -al menos a los más mayores porque los menos mayores no se empanan de esas materias-. Un desorden que se mantenía porque los que podrían ir arreglándolo miraban para otra parte seguros de su orden establecido. Nos hemos encontrado con atenciones sanitarias y sociales deficitarias, brecha social, multiplicación de la pobreza, desastre ecológico... aquí y en todos los países y continentes por donde se está extendiendo la pandemia. Menos mal que parece que a última hora comenzamos a escuchar por aquí la palabra "acuerdos" -políticos, económicos o sociales-, cual oasis en este desierto inhabitable.

Ahora que parece que lo más grave está al menos contenido, se apela a la responsabilidad personal y colectiva. Sin embargo, nos estamos encontrando con un nivel de inconsciencia y despreocupación alarmantes. Estas actitudes también me revuelven el estómago. Esta vez pensando en los esfuerzos de tantos profesionales que se han dejado la vida en salvar la de otros, en la cantidad de voluntariado de todo tipo que ha estado al pie del cañón o por las miles de iniciativas institucionales y ciudadanas que han surgido espontáneamente para hacer llevadera la cuarentena... Y los bien pensantes o los publicistas nos sueltan eslóganes del tipo "de esta vamos a salir juntos". Algo me dice que lo de salir es más bien dudoso -que rebrotes no faltan- y lo de juntos no se lo creen ni ellos. Se me antoja que nos encontramos en una situación extraña de esquizofrenia  colectiva. Por una parte, se están buscando dentro y fuera recursos y parches para que el barco de la nación no se vaya a pique, mientras, por otra, una mayoría nada despreciable de la ciudadanía -y no solo de jóvenes- lo que quiere es sencillamente retomar la vida donde la dejamos y que le arreglen lo suyo. Y a estos, lo de que nadie se quede descolgado o sin recursos, se la trae al pairo.

lunes, 22 de junio de 2020

50 años más tarde

El viernes 19 tuve la ocasión de disfrutar de la mejor despedida del confinamiento que me pudiera imaginar. Después de cincuenta años nos reunimos los componentes de un equipo de fútbol que tuve la suerte de formar en mis tiempos de profesor en le colegio salesiano de Cruces,que entonces se decía de Burceña. Todo comenzó en 1971 cuando el Athletic inauguró los campos de Lezama. Convocó un campeonato abierto para que equipos  infantiles o juveniles de clubes o colegios se presentaran, con vistas de poner en marcha una captación de valores para la cantera, que en adelante tendría allí su sede.

Fue una aventura increíble porque partimos de cero. En unas conversaciones de patio algunos alumnos comenzaron a sugerirme que nos presentáramos. Les contesté que cuando contasen con la gente suficiente me avisaran. El resto corría  de mi cuenta. Pues en menos tiempo del que me había imaginado se me presentaron con la lista, a falta de buscar algún refuerzo más. A partir de ahí teníamos unos pocos meses para crear el equipo. En el colegio se contaba con un campo pequeño, como para jugar con siete  por equipo y con un suelo infame, lleno piedrillas, en el que caerse era un seguro de accidente y donde controlar el balón conllevaba un ejercicio extra. 

Era lo que había y con eso nos pusimos en marcha. Primero con partidillos para hacernos a la idea de qué teníamos entre manos y para ir creando ambiente de equipo. Luego vinieron los entrenamientos en plan más serios y las sesiones de pizarra. Estas fueron una ocurrencia que tuve para que cada cual tuviese bien claro dónde debería situarse y cuáles serían sus funciones. Cuando aquello comenzó a tomar cuerpo necesitábamos un nombre y unas camisetas. En aquel vestuario tercermundista se llegó a la conclusión que las camisetas tendrían que ser amarillas por los colores del Barakaldo C.F. y así el nombre sería Ori Club de Burceña -hoy tendría que escribirse Hori, entonces el saber algo de euskera era un lujo-.

Lo inmediato antes de presentarnos en Lezama era comprobar cómo nos íbamos a encontrar jugando en campos de medidas reglamentarias. Acordamos algunos partidos en el campo de los salesianos de Deusto y el resultado fue magnífico. Eso subió la moral de la tropa lo indecible y en Lezama seguimos con esa misma racha de victorias, hasta llegar a las semifinales. Nos tocó la eliminatoria con un equipo que llegaba bendecido por gente de influencia en el club, reforzado con fichajes ajenos y destinado a ser la creme del campeonato. No podían con nosotros a pesar de sus figuras, porque éramos equipo, una máquina bien engrasada. Lógicamente, perder no entraba en sus planes, así que el árbitro, que pertenecía a esa misma camarilla como se pudo comprobar más tarde, remató la faena. Así que quedamos los terceros, pero con la cabeza muy alta.

Entre dos de los componentes surgió la idea de volver a juntar al equipo. En cuanto se hicieron con una foto fueron recordando los nombres y buscando contactos, hasta que dieron conmigo. Fue toda una labor de detectives privados, larga pero efectiva. Se encontraron más fotos, me pidieron que hiciera una memoria de lo que fue aquello recogiendo mis recuerdos y el de los organizadores. Total que marcamos unas fechas para después de Semana Santa, pero "llegó el comandante y mandó parar". En este caso no fue Castro, sino el Covid-19. De todos modos no consiguió que nos diésemos por vencidos, y el día 19 nos juntamos en el Errekatxu, dado que el dueño fue uno de los defensas laterales del equipo. Algunos no pudieron venir, pero en ese tiempo conseguimos dar con algunos otros. 


Fue una auténtica gozada reconocernos de nuevo, cuando algunos no nos habíamos visto desde entonces. Yo me quedé encantado porque "mis chicos", ahora sexagenarios, estaban en plena forma. Y, lo mejor, no bastó ni cinco minutos para que se volviera a respirar el espíritu de equipo, que fue la barita mágica que nos había proporcionado tanto éxito y tanto disfrute. Además de la comida y la tertulia, el principal organizador -el kaiser, entre nosotros- nos entregó a cada uno una foto encuadrada y las memorias. Un remate final exquisito. Con momentos como éste merece la pena seguir viviendo. Va por ellos.