Después de estar conviviendo durante tres años con chicos magrebíes y subsaharianos en un piso refugio para que pudieran tener un lugar seguro mientras regularizaban su situación y se preparaban para poder acceder a un puesto de trabajo, puedo encontrar alguna razón de lo que ha sucedido en Ceuta. Cuando me contaban cómo habían salido de su país no podía dar crédito a lo que oía, teniendo en cuenta además que cuando salieron de su país no llegaban a los diecisiete años: la mayoría en patera, otros cuantos en los bajos de un camión, en cayuco por Canarias, a pie hasta Libia y luego a Lampedusa, y lo más sorprendente, dos, más mayores, habían pasado el estrecho en kayak. Sentían morriña por su familia pero ningún apego por su país, del que muchos hablaban con desprecio, a excepción de su selección de fútbol o de los jugadores de su nación que jugaban en las ligas europeas.

Entiendo perfectamente, partiendo de mi experiencia, que las carencias y la desesperación en la que una gran capa de la sociedad, y sobre todo los jóvenes sin futuro, de esos países vive su día a día, empuje a muchos a lanzarse al mar aunque no sepan siquiera flotar en el agua. Esta es la explicación de la tragedia humana vivida en Ceuta: más de 70 cadáveres solo en zona española, porque las cifras marroquíes son de todo menos creíbles. Al rey y a su jarca moruna se la trae al pairo que su país se esté quedando sin gente joven, sin hacer nada por evitar un goteo interminable de salidas clandestinas, pero bien organizadas en su mayoría. Se quitan un problema de en medio porque suponen que se les va a formar y trabajarán en otro sitio, así seguirán mandando divisas desde fuera a través del apoyo económico a sus familias. Aquí con Franco tuvimos algo parecido con la diáspora de mano de obra que se desparramó por Europa, solo que aquello se dio con papeles legales y sin jugarse la vida.
Y ahora nos toca estar contemplando el espectáculo bochornoso del que la culpa la tienes tú. Una vez más las desgracias son huérfanas. No quiero entrar en esos dimes y diretes, que por eso he titulado esta entrada con ese famoso refrán. Lo importante es que cada cual asuma su responsabilidad para que esto no se repita y se vayan tomando medidas preventivas, que nunca podrán reducirse a las de tipo represivo.

Es de llorar soportar que ante una catástrofe humanitaria solo haya respuestas interesadas. Para unos los muertos son un número, los que se han dado cuenta que estaban engañados y se han vuelto a casa son solo otro número, los menores sin atención otro número, los subsaharianos que se han quedado entre el cielo y la tierra otro número, sin calibrar el inmenso dolor humano que albergan. Para otros, lo de "a río revuelto...": se les ha puesto en bandeja otro tema suculento para echar la culpa a Sánchez y, cómo no, quererse saltar a la torera las leyes y los acuerdos tomados previamente para el reparto de responsabilidades. Y mira por dónde, en este caso les han impuesto lo de la prioridad nacional y ahí se levanta Abascal llamando a retreta porque nos están invadiendo la nación y hay que hacerles volver por donde han entrado. Solo le hace falta decir que a los que se resistan se abre fuego y se acabó.

Lo que nunca acabamos por comprender es qué nivel de dolor humano, o de miedo e inseguridad, están soportando estas gentes en su día a día para ser capaces de arriesgarse a perder la vida en cuanto les dicen que hay una ventana de escape, sin haber comprobado antes si es de fiar. Una vez más las desgracias, cuanto más grandes mejor, nos las reducen a un espectáculo morboso con todo tipo de ingredientes, que dan pie a charlas, discusiones, tertulias... muy lejos de entender que se está jugando con vidas humanas.
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