Hoy me he encontrado con una lectura del libro de los Proverbios. Este libro está en el grupo de los llamados sapienciales dentro de la biblia. Estaban escritos por sabios que daban consejos, guiaban en los caminos de la vida, hacían ver dónde estaba el bien y el mal, dictaban normas morales para regir la sociedad y ayudaban a conocerse por dentro. No eran sabios porque supieran muchas cosas o por ser eruditos. Eran sabios porque habían llegado a aprehender el verdadero sentido de la vida o los sentimientos e impulsos más profundos del ser humano, a través de una honda experiencia de Dios. El párrafo que he leído terminaba con esta sentencia: "Entonces podrás comprender justicia, derecho y rectitud, el camino que lleva a la felicidad".
El hombre o la mujer de hoy puede que esto le suene raro e, incluso, que se lo pueda tomar a pitorreo. En efecto, esto debió de estar escrito en otro planeta, porque con qué nos viene ahora este señor salido de un jurásico. No digamos si esto cae en manos de la gente joven con la cabeza llena de influences, con relaciones basadas en redes, educada en la abundancia de cosas o de caprichos, con la mirada puesta en las tendencias de moda del último momento, envuelta en relaciones tempestuosas endiosando el sexo... Pero para mí creo que dejan unas observaciones más que valiosas a la hora de hacernos una serie de preguntas sobre lo que podemos entender por felicidad, sobre todo en una sociedad que la pone o propone conseguirla a través de objetos, mucho dinero, experiencias especiales, consumos, viajes o relaciones esporádicas. O sea, todos elementos externos, apariencias que condicionan la vida del ser humano y le hacen olvidarse de sí mismo hundiéndole en el vacío interior.
¿Alguien nos puede asegurar que después del ruido, las cogorzas, los instintos desatados, los aspavientos o las apariencias... cuando se cierra la puerta y se queda solo mirándose al espejo, se siente un hombre o mujer feliz? Es una respuesta que solo uno mismo la sabe, aunque luego pueda seguir perdido y figurando en el aturdimiento social que le hace creer que esas movidas le van a traer la felicidad.
Aquí se nos marca el camino, es decir, algo que es preciso recorrer personal y socialmente con esos criterios, porque desde fuera nadie ni nada lo puede hacer por nosotros. Creer y practicar la justicia como guía ética, respetar el derecho a la vida de todos los seres vivos, cercanos o lejanos y llevar un comportamiento social y personal acorde con el bien común y sin intereses egoístas. Vaya con el anciano de la tribu qué propuesta tan extraña nos ha soltado. Para mí no es una tontería o algo trasnochado propio de meapilas o similares, ha sido algo importante que me ha guiado en mi vida y no me arrepiento de ello.
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