jueves, 26 de marzo de 2009

ZAPATERO A TUS ZAPATOS


Hace dos días firmé en una de esas páginas, que nos llegan por el correo electrónico, que invitan a firmar alguna protesta o alguna iniciativa nueva para presionar con esas firmas a algún personaje ilustre o a alguna institución. No es costumbre mía hacer esto pero lo de estos días pasados me parece que ha sido un salto atrás en la historia de dimensiones seculares y no me he podido resistir. Las afirmaciones de Benedicto XVI sobre los condones y el sida parecen salidas del seno del más rancio dogmatismo y escolasticismo medieval. ¿Dónde ha quedado la mente lúcida del teólogo Ratzinger?



He puesto con toda intención su foto con mitra por aquel dicho malintencionado que inventaron algunos seminaristas cabreados con su obispo "la mitra es el apagavelas de la inteligencia". Pero lo de ésta vez se sube de tono. Parece que al papa se le han sumado las mitras de obispo, la de arzobispo, la de cardenal y la tiara pontifical de un solo golpe. Esas declaraciones están dichas como sentencias definitivas hechas por alguien que se siente investido de una autoridad sobrenatural que le otorga la posesión de la verdad absoluta en todos los aspectos de la vida. La infalibilidad se les ha subido a la cabeza a los jerarcas y nos transportan a las épocas en que Galileo, Copérnico o Darwin fueron condenados porque sus descubrimientos científicos contradecían a la Biblia.



Ahora resulta que el papa dictamina sobre cómo atajar una pandemia del volumen del sida en Africa y decreta que el contiente entero tiene que practicar la abstinencia, si no, además de la condenación eterna, tendrán que acarrear con tan terrible enfermedad. Me gustaría hacer un camino inverso para intentar barruntar de dónde les viene a los jerarcas, y al sumo pontífice primero, esta obsesión por condenar el condón sabiendo -porque lo saben- el riesgo que supone decir que su uso aumentará los problemas. Habrán partido, quiero suponer, del principio fundamental de la moral sexual que predican: todo acto sexual debe estar destinado a la procreación, si no será pecaminoso. Por ende, todo método anticonceptivo es perverso desde su raíz. Por tanto, hay que hacerle lo posible para evitar su uso.



De este modo se es coherente con los principios fundamentales pero no se parte de la realidad concreta y sangrante de un continente machacado por la pandemia. No se tiene en cuenta la labor de muchas ONGs y de otros programas de instituciones oficiales que están luchando contra la ignorancia y contra la miseria que asolan a millones de africanos y contra el caciquismo y la brutalidad instalados en muchos de sus gobiernos que dificultan o imposibilitan su desarrollo. Entonces por salvaguardar la pureza de la fe y la moral católicas entra su santidad en Africa como un elefante en una cacharrería.



Sin embargo, más allá del tema en sí del uso del preservativo, hay un problema de fondo en todo esto que, como católico, me afecta a otro nivel más personal. Una vez más me tengo que sentir indignado por la jerarquía, porque me hace sentirme avergonzado de pertencer a su misma iglesia. No me cabe en la cabeza cómo en este siglo y en este mundo globalizado se puede mantener posturas tan dogmáticas y tan autistas ante la realidad, y menos aún tratándose de un personaje del nivel intelectual de Joseph Ratzinger. Estoy totalmente de acuerdo con Boff en que la jerarquía católica, sobre todo la institución papal, está sumergida en lo que los griegos clásicos llamaban hybris, esa soberbia que hacía que los hombres se creyesen como dioses y que acababa llevándoles a su destrucción y a la de su mundo. Personalmente me dan pena a la vez que me repugna contemplar cómo, creyéndose los únicos poseedores de la verdad, se aferran al poder y sus prédicas se orientan principalmete a mantener el dominio, más allá del ámbito eclesial, sobre las personas y sobre la sociedad.

lunes, 9 de marzo de 2009

ES LO QUE HAY

Un día de la pasada semana mi hija, al despedirse de mí cuando me iba al trabajo, me espetó "aitatxito, tienes pinta de viejecito adorable" Me embuchó la frase con una sonrisa entre pícara y tierna mientras me besaba. A poco de empezar mi jornada, estaba ayudando a mi compañera Arantza para preparar una documentación que teníamos que distribuír. Una de las cajas se le escurrió del carretillo que nos habían proporcionado y tuve el reflejo inmediato de agacharme para volverla a su sitio. Una punzada aguda en mi zona lumbar me recordó que mis protusiones aún no me daban permiso para hacer vida normal y, mucho menos, para levantar pesos. Antesdeayer me cayó una bronca porque se me había olvidado abonar a la Coral el coste del viaje a Alemania de Irene y la habían llamado la atención...


A esto hay que añadir el sin número de vueltas que tengo que dar porque se me despista lo que iba a hacer o me he dejado algo que necesitaba. O cuando abro un armario pero lo que quería hacer era meter algo en el frigorífico. No digamos la de veces que quieres decir el nombre de alguien de sobra conocido y no hay manera de que salga. En fin, todas esas situaciones con las que, cada día en mayor cantidad, nos toca soportar la convivencia diaria con uno mismo y que, más tarde o más temprano, nos hacen comprobar que comenzamos a ser algo distintos.



En otro orden de cosas, casi sin que me vaya dando cuenta, cada vez son más aquellos niños, que tuvimos a nuestro cuidado educativo, que ya son padres, incluso por tercera vez. Cualquier encuentro con ellos y con sus criaturas, además de certificar el paso del tiempo, destapa unas sensaciones profundas hasta ahora desconocidas y que no son como las que se puedan tener con los propios hijos. También me ha pasado esto con los hijos de una sobrina. Me temo que puedan ser los primeros síntomas de sentirse abuelo o algo similar, y me producen un cierto vértigo tan sólo pensarlo, y más aún escribirlo.


Quizás me encuentre ya en ese estadio de la vida en el que la mochila del camino recorrido comienza a estar un tanto llena de experiencias y su peso obliga a relantizar la marcha. Pero, por otra parte, aún no es tiempo de sentarse y el seguir andando puede ser, a pesar del desgaste o del cansancio, más interesante y provechoso al contar con la visión de todas las etapas recorridas. Y es que llevamos el pasado pegado a la espalda. Algunas veces resulta ser un lastre, mientras que en otras ocasiones puede ser un impulso cierto para seguir adelante. Prefiero seguir caminando a pesar de las limitaciones que los años nos van echando encima. Sigo convencido de que aún me queda algo por crear, por muy pequeño que sea, aunque luego me falte tiempo para disfrutar de su crecimiento.

lunes, 2 de marzo de 2009

POLITIKA.2

He estado leyendo todo lo referente a la "polírica" en el blog de Agirregabiria lo que me ha llevado a enterarme de la movida blogera de Politika.2. Veo que también otros blogueros aportan más nombres como "polépica". A mí se me ocurre otro, como "civética" de cives (ciudadano) en vez de polis (ciudad), por aquello de potenciar la participación ciudadana desde cualquier estructura asociativa. Me ha parecido una iniciaiva interesante y constructiva. Por mi parte, intentaré estar al tanto de lo que vaya apareciendo en ella y si veo que tengo un lugar me apuntaré a participar en la medida en que se me permita. Me ha dado la impresión de que se trata de una iniciativa asociativa de participación abierta, esto es, sin etiquetas, a lo que doy mucha importancia porque en este país es un bien escaso y se agradece infinitamente encontrarlo tan a mano.


A este respecto, este tema me trae a la memoria el libro de Toti, El señor de la guerra. Con su lectura me reafirmé en mi personal percepción de la historia de este país. Estamos marcados los vascos por dos paradigmas que para mí están visualizados en Gernika: el árbol y la estatua de D. Telmo. El arbol de las juntas,o los pórticos de las iglesias, vienen a ser la expresión de la participación representativa de los ciudadanos en los asuntos de interés común y un método democrático y modélico de resolver las diferencias y abordar las dificultades. El otro paradigma, de corte cainítico, es de los oñacianos y los gamboínos: cañonazos, espadazos y tente tieso. Cada cual está marcado por su linaje o por sus opiniones y, quiera o no, pertenece o se le hace pertenecer a un bando y ese estigma le acompañará con todas sus consecuencias.


Hoy en día la política y gran parte de la sociedad vasca, a mi modo de entender, están marcadas por este segundo paradigma. Menos mal que es sólo una parte minoritaria la que aún lo conserva en su plenitud a base de tiros, bombas y amenazas. Cada cual mira a su contrario desde su torreón: el batzoki, la herriko taberna, la casa del pueblo, el elkartetxe... En las cuadrillas, en los equipos, en las sociedades, en los portales se sabe muy bien, sobre todo en pueblos, quién es quién y las distancias que se deben guardar. A veces da la impresión que toda la vida de este país está teñida de política partidaria, de sus tensiones y lo más curioso resulta ser que una de las frases más usadas es de política no se habla.


Por su parte, los dirigentes políticos,y los aparatos de sus partidos, se creen ungidos para regir no sólo los destinos del país sino el desarrollo de toda la vida social, económica, cultural, productiva, comercial... como si el tejido ciudadano que sustenta la sociedad solamente fuera una marioneta suya. Se arrogan el protagonismo de los éxitos o de los progresos sociales y adjudican a sus adversarios la paternidad de los fracasos. Me parece una tarea cada vez más urgente hacer real el paradigma del árbol de juntas y de los pórticos que generaron las anteiglesias. Ya es hora de que lo recuperemos y lo hagamos real con el protagonismo de las fuerzas sociales, culturales y asociativas y deje de ser un cuento cuasi mitológico como algunas tradiciones nos lo han querido dibujar. Tengo ganas de que pasen a la historia tantos dogmas doctrinarios, y sus enconos partidistas correspondientes, que han estado condicionando, desde hace décadas, la vida y el futuro del país. El nivel de hartazgo que pueden llegar a producir a esta altura de la historia nos va a resultar insufrible.

sábado, 28 de febrero de 2009

"Memento homo quia pulvis es et in pulverem reverteris"



Entramos en la cuaresma, esto es, cuarenta días de preparación para celebrar el resurgir de la vida. En lenguaje técnico y laico equivale a cuarentena. Es un momento privilegiado la de este año para reflexionar porque, a mi entender, estamos bajo una cuarentena universal: la crisis del sistema en todos sus aspectos financiero, productivo, humanitario, sostenible... Según nos cuentan, parece ser que lo de cuarenta días se queda un tanto corto. Esperemos que no sean cuarenta meses o años.


Hoy me ha parecido más oportuna que nunca la fórmula antigua del ritual católico de la imposición de la ceniza, con la que titulo el post: "recuerda hombre que eres polvo y al polvo vas a volver" Chistes malos aparte, creo que es un buen criterio a la hora de recordar a todo el mundo que somos parte de la Tierra, esto es, hemos surgido de ella y nuestra existencia no se puede dar sin las condiciones de vida que nos proporciona. No podemos seguir pensando en volver a una economía basada en la producción contaminante sin control, en la ocupación de espacios naturales para explotaciones urbanísticas, en la depredación de selvas y humedales, en la consecución del máximo lujo sin medir sus consecuencias, en el abuso de mano de obra en condiciones esclavistas, en mantener a la mayor parte de la humanidad con hambre y miseria... Sería seguir el camino hacia la sentencia de muerte del planeta.


El polvorín de la crisis estalló, dicen, por culpa del sistema financiero que se había descontrolado. A mi entender, no era un problema de descontrol, sino que había llegado a las últimas consecuencias de sus reglas de juego, basadas en la usura oficialmente reconocida. Se ha jugado con el dinero como en una descomunal partida de poker, en la que se han llevado la pasta gansa los que más trampas han hecho y han dejado al resto en una ruina total. Claro que no se habían dado cuenta de que la misma ruina, que habían provocado, les iba a dejar también a ellos sin cartas.


Hay una manera muy extendida y, creo yo, errónea de entender la resurrección como un volver a la vida tal como era antes de haberse muerto. La resurrección es un paso a una vida nueva más allá de las limitaciones de la presente. En estos momentos todos los gobiernos y grandes corporaciones dicen estar tomando decisiones transcendentales para salir de esta situación. Me temo que algunos de ellos pretenden resucitar el sistema tal como era antes. Igual les hacen prometer a los predadores financieros que no van a ser tan malos. De esta forma, no nos va a servir de nada positivio esta terrible cuarentena global a la que están sometiendo a los más desfavorecidos.

Celebrar la resurrección en la próxima Pascua tendría que suponer empujar al mundo hacia un cambio también global de sistema. Esta cuarentena también debemos aprovecharla los acomodados ciudadanos de los países del norte. No estaría mal que, además de palparnos los bolsillos, revisáramos los criterios de consumo, el despilfarro de las energías o de los bienes fundamentales, las pequeñas o grandes inversiones de nuestros ahorros, la educación de nuestros hijos, las exigencias de bienestar, la indiferencia ante la gestión pública... y todas esas cosas a través de la cuales todos podemos empujar algo para que en vez de re-surrección se dé una in-surrección hacia un mundo sin monstruos.

martes, 17 de febrero de 2009

CRUELDAD

(La imagen está tomada del blog Educar en Familia)

Este post va dedicado de nuevo a Mabel, aquella chavala portuguesa de familia feriante, a la que le dediqué un escrito en el que me refería a todos los hijos de barraqueros. Hoy he vuelto a su colegio a la hora del recreo porque tenía que charlar con un compañero suyo que por echar la siesta y otras lindezas más se estaba fumando la escolaridad.


Mientras esperaba al interfecto y a su tutora, me he acercado a una ventana que daba al patio y al sol, cosa de agradecer en el día de hoy. Estaba mirando, sin fijarme en nada concreto, las evoluciones de los alumnos según salían de clase. Enseguida la vista se me quedo fija en una alumna porque su aspecto me resultaba familiar. En efecto, era ella. Su figura es incofundible, abulta el doble que las compañeras, anda como encogida, su mirada triste y perdida. Estaba merodeando alrededor de un grupito de compañeras como quien quiere entrar en él. Sin embargo, ellas, como movidas por un resorte automático cuidadosamente programado, iban dejándola a sus espaldas. Mabel seguía intentando encontrar un hueco para ser una más del corro pero no hacía más que dar vueltas con su cara lánguida, como quien necesita decir aquí estoy yo y soy una más, pero sólo topaba espaldas. Por fin, ha conseguido hacerse con un hueco y en ese momento el grupo se ha trasladado corriendo a otro sitio, buscando un lugar más adecuado para pasar el recreo.


Esta escena me ha encogido el corazón otra vez. Me ha parecido totalmente cruel e injusta la actitud de estas chavalas y he intentado imaginarme lo que puede suponerle a esta cría tragar un día tras otro este tipo de desprecios o desdenes. Sé que no se puede obligar a nadie a relacionarse con otros determinados. Pero estaba contemplando cómo, además de no contar nada en su familia, aquí tampoco sus iguales le hacen mucho caso.


Este hecho también invita a comentar el tipo de relación que se da en la mayor parte de las cuadrillas de adolescentes femeninas. En un tanto por ciento muy alto, y cada vez más preocupante, se rigen por la ley de la más fuerte, la más descarada o la más popular, como les gusta llamarse últimamente. Se pueden estar despellejando por una ropa, por un peinado, por cualquier detalle mínimo que pueda servir para dejar en ridículo a cualquiera, aunque sea su más amiga. Son implacables castigando con el desprecio, dejando en ridículo, calumniando a través de los mensajes de todo tipo... Es increíble cómo se pueden estar estableciendo las relaciones humanas en base a la crueldad. Es verdad que estas historias han pasado siempre, pero me da la impresión que en estas nuevas generaciones van a llegar en breve al nivel de epidemia, si contamos además con el incondicional apoyo de esas series para adolescentes donde se priman esos valores y las facilidades que dan el messenger y todos los demás programas informáticos del estilo.

viernes, 13 de febrero de 2009

CIUDADANO INDIGNADO

A veces uno no sabe qué pensar de la clase política. Hay días que, según me dan las noticias de la radio o estoy ojeando un periódico, siento que están insultando a la inteligencia del ciudadano medio. Algunas declaraciones suenan a músicas celestiales, como las del presidente o las del lehendakari, aunque las partituras sean muy distintas. Otras te abofetean, como cuando nos desayunamos escuchando al gobernador del banco de España diciendo que hay que abaratar el despido porque así habrá más empleo. Menos mal que los del PP no le querían porque tenía antecedentes socialistas.

Lo que ya supera todos los límites de la desvergüenza es la última del PP. Tenía razón María cuando en la legislatura anterior decía que la rabia del PP no era tanto haber perdido las elecciones, que sí, sino por haber perdido toda la pasta gansa que tenían previsto embolsarse...pero el 11M les quitó el pastel de la boca. Ahora, cuando empieza a aflorar la mierda porque alguien ha comenzado a tirar de la alfombra, se encuentran con que van a quedar con el culo al aire. Entonces nos comunican que por no sé qué cacería están cazados, pobrecitos ellos, por una jauría de socialistas, jueces, fiscales, policías, periodistas... y montan un lacrimógeno circo aireado a los cuatro vientos para que todos nos enteremos de lo malísimo que es el gobierno. Espero que ni se lo crean ellos, ni se crean que los ciudadanos nos lo creemos. Aunque todos sabemos que para flagelo nuestro ya tenemos rurrún para rato dándole vueltas al temita.


Y ahora, por si esto fuera poco, nos vienen unas elecciones que, si de ordinario son una pelmada, éstas prometen sobrepasarse por todos los costados. Los nacionalistas nos quieren salvar del contubernio españolista dispuesto a deshacer los logros de autogobierno y de difuminar nuestra identidad... y de ETA. Los socialistas nos quieren salvar de los que sólo hablan de autodeterminación y dividen a los vascos y vascas, que ya les vale de seguir tanto tiempo con las mismas... y de ETA. Los populares nos advierten contra el contubernio nacionalista y contra lo permisivos que son los socialistas. Nos quieren salvar de todos ellos... y de ETA. Los de Batasuna quieren salvarnos de los vendepatrias que ceden al chatage de Madrid y de los que ocupan y destruyen nuestra identidad y nuestro país, que les amordazan y les privan de la democracia... Y por si esto fuera poco aparece Rosa que nos quiere salvar de los que roban dos millones de euros a los españoles, de los que permiten alcaldes de ANV, de los que no se rindan a sus encantos... y de ETA. Y, asomando por una esquina, unos pobres coitados, que barruntando la patada que les van a dar ya se sabe dónde, se proclaman como le resto auténtico de aquello que hubo llamado izquierda.


Como denominador común todos nos quieren salvar de ETA menos los únicos que podrían hacerlo que, por supuesto, no van a decirles nada a los armados por la cuenta que les tiene. El problema es que yo no quiero que los políticos me salven de nada excepto de ellos mismos, de sus luchas inconfesables o cainíticas por el poder, de las corruptelas de más de uno, del cinismo profesional que no pocos exhiben y de sus ceremonias electorales absurdas. Ya nos conocemos todos y no hace falta que nos estén turrando con promesas, insultos, babosadas y demás lindezas para luego casarse con quien les asegure el sillón y punto final.

Más nos valdría a los ciudadanos que todos esos esfuerzos los invirtiesen en preparar debidamente a sus cuadros para asegurarnos una gestión correcta y ética de los recursos públicos. Sería bueno que vayan entendiendo que su función es garantizar que la sociedad funcione bien para todos y que nos vayan devolviendo el protagonismo a los ciudadanos, pero eso ya no se lo espera nadie. Por lo que se ve, la carnaza y el espectáculo barriobajero venden más, aunque con esos métodos haya momentos en que estén insultando la inteligencia del personal, porque no es la inteligencia o la racionalidad lo que les importa, sino una papeleta al precio que sea.

sábado, 7 de febrero de 2009

BIENVENIDO??

(La foto es parte de la residencia de Emaús en Gamiz donde desarrollan el programa Bitartean)

Esta mañana, según iba capeando el temporal con mi carro de la compra me he dado cuenta de que en la acera de enfrente había alguien que me hacía señas. Inmediatamente he reconocido a X a pesar de estar muy cambiado ya que hacía mucho tiempo que no le veía. Me extrañó que me saludara tan afable porque siempre había sido muy esquivo y yo conocía de sobra su turbia trayectoria a través de la heroína, que no le había ayudado precisamente a hacerse más sociable. Se alegró mucho de que aún me acordara de él.


Me ha contado que ha terminado un tratamiento de desintoxicación y que ha estado acogido en la residencia de Emaús en Gamiz. Están a punto de caerle los 50, según me ha dicho, y tiene que empezar a pensar de nuevo su vida. Está haciendo unos estudios para trabajar en inserción social y le quedan las prácticas hasta julio. Al parecer había comenzado ya a retomar el contacto con el ambiente de Barakaldo, ya que tenía que andar más por aquí pues su padre está ya muy delicado. A todo esto alguien le había invitado a una comida de los antiguos grupos parroquiales a los que había pertenecido, pero me ha confesado, decepcionado, que se ha sentido fuera de sitio.



Recuerdo a X cuando era un chaval. Siempre parecía estar amargado o enfadado con el mundo mundial. Su aspecto no le ayudaba a hacerse un hueco entre los de su edad. Llevaba unas gafas que siempre le quedaban torcidas. Su cara era alargada y poco agraciada, además de no llevarla bien afeitada. Sus atuendos daban de ordinario sensación de sucios. No recuerdo haberle visto sonreír, creo que hoy ha sido la primera vez. Daba contestaciones desabridas y fuera de tono. En fin, tenía todo lo que se necesita para verse obligado a estar siempre en la periferia del grupo de iguales. Poco a poco se fue quedando solo con T hasta que se engancharon los dos. Entonces se hizo más huidizo y le perdimos de vista.

Me ha alegrado un montón encontrarle así. Le he visto con una expresión franca y serena. Me ha parecido que necesitaba que el mundo, o al menos los que fuimos una parte de su mundo, supiesemos que por fin había conseguido algo importante: librarse de la heroína y comenzar la vida, aunque pareciera que ya se le ha hecho algo tarde. Me he alegrado también porque ha estado atendido en Emaús, un proyecto en el que aporté mi granito de arena, aunque fuera hace tiempo. Me ha quedado, de todos modos, un sabor agridulce al escuchar cómo me ha contado lo de que se ha sentido fuera de sitio entre sus antiguos conocidos. No es el primer caso que conozco de gente que ha terminado de recuperarse de alguna adicción y cuando han intentado volver a su mundo anterior se han encontrado con muchos golpecitos en la espalda -me alegro mucho, que bien ha estado, a ver si hay suerte...- pero muy pocos brazos dispuestos a ir con él codo con codo hasta que logre hacerse un sitio donde se le reconozca de nuevo o conseguir un trabajo.


A veces me da la impresión de que damos la bienvenida a éstos que regresan del infierno de las drogas o del alcohol, después de innumerables intentos y de haber recorrido todos los proyectos habidos y por haber, pero no se sienten bienvenidos. Y es que nos resulta muy difícil quitarles la etiqueta y así pueden quedarse socialmente marcados para el resto de sus días. Aquí comienza la última, y no la más fácil, fase de su recuperación: el reconocimiento social. Creo que en algunos casos puede ser la travesía del desierto, sobre todo cuando, como le pasa a X, no cuenta con un apoyo familiar o con algunos amigos inquebrantables.

jueves, 5 de febrero de 2009

A VUELTAS CON LA IMPUNIDAD


El Defensor del pueblo ha publicado un informe sobre los malos tratos en centros de reforma de menores. Contiene denuncias graves sobre algunas prácticas que hacen recordar al Santo Oficio. Pero dentro de su contenido uno, que pasó sus años en un hogar de acogida y conviviendo con chicos que luego acabaron encerrados, se sorprende al oír cuáles son algunos de los supuestos malos tratos. Quedaban catalogados como tales algunos recursos elementales de contención, pero mi extrañeza se convirtió en alarma cuando escuché que responsabilizar a los menores de los trabajos de limpieza y servicios domésticos también se consideraba mal trato.


Por el amor de Dios, las rutinas diarias, el orden doméstico, la responsabilidad de los propios actos... son herramientas muy válidas para trabajar los hábitos de convivencia, las habilidades sociales, el respeto a las normas, la colaboración en el grupo... Todo estos aspectos de la formación entran dentro del cúmulo de carencias que padecen estos menores. Pero para desarrollar estos hábitos, es precisa la actuación directa. No creo que estar en un centro de reforma con un escaso margen de contención y viviendo en plan hotel tocándose las narices sea un proyecto educativo apropiado para estos menores.

Pero con este tipo de informes se puede hacer un uso peligroso como el que hacen algunos medios de comunicación. Estos suelen destacar los aspectos más morbosos o más escandalosos, como es habitual, subrayando exclusivamente que se trata a los menores como póbrecitos chicos, fíjate qué cosas les hacen. Sin embargo los mismos medios, cuando esos menores están en libertad y arman alguna gorda de las suyas, aprovechan para transmitir mensajes alarmistas: son unos monstruos a los que nadie controla, así estamos indefensos los ciudadanos en general, la ley del menor produce alarma social...

Todas estas manifestaciones colaboran en fomentar el sentimiento de impunidad en el que se están criando las nuevas generaciones y que está llevando a que los ciudadanos en general, e incluso muchos padres, no se atrevan ni siquiera a levantar la voz a los menores para no tener líos o llevarse broncas. O sea, que ya no extraña a nadie que los menores nos insulten o nos agredan si osamos llamarles la atención. Por otra parte, esto no deja de ser un factor más de los que están colaborando en la falta de implicación de los adultos en la educación de los menores.

A este respecto, dentro de mis historias, hay una que siempre que sale este tema me viene a la mente. Hubo una denuncia de los propietarios de un garaje sobre los pillajes y desperfectos que un grupo de chicos les estaban ocasionando. El expediente cayó en mi mesa y, como además tenían faltas de absentismo, les llamamos al Ayuntamiento a las familias para exponerles el caso. La única familia que no acudió nunca a nuestras llamadas acabó años después pidiendo ayuda a los servicios sociales porque su hijo iba a acabar con ellos. El padre, trabajador de la construcción, no se había enterado porque en principio se lo habían ocultado. Cuando se percató de las mentiras, montó en cólera y su hijo, al ver la que le venía encima, le amenazó con denunciarle. La mujer siguió protegiendo al hijo. Hoy es el día que están a tratamiento y el muchacho después de haber pasado por un centro de reforma ha ido a dar con sus huesos a Martutene, que ya es mayor de edad.


Mientras permitamos que los menores campen a sus anchas en la impunidad y no perciban que sus actos tienen consecuencias, todo discurso es inútil y se queda en agua de borrajas. Las instituciones competentes en menores, por su parte, tienen datos suficientes, en la mayor parte de los casos, para actuar antes de que éstos se agraven, Al final todo se junta y nos quedamos impotentes con las preguntas de siempre ¿Cómo se puede rehacer ahora la vida de este muchacho, como la de otros tantos, y la de su familia? ¿Cuál ha sido, al final, el mal trato, el encubrimiento o la manta de palos que le hubiese dado el padre? .

viernes, 30 de enero de 2009

D.BOSCO EGUNA

S. Juan Bosco ha sido una figura referente en mi vida. Por una parte, me orientó hacia el mundo de los jóvenes y por otra me contagió la pasión con la que he vivido todas las iniciativas educativas en las que he ido participando a lo largo de mi historia. Me gustaría parecerme a él en su clarividencia, en su tenacidad, en la capacidad de trabajo y en la facilidad para ganarse a la gente. Creo que nunca llegaría a conseguir ser tan zorreras y tan sagaz como él, o tan capaz de encender una vela a Dios y otra al diablo sacando partido de ambas. Era el ojito derecho del papa más reaccionario del XIX -al que le regaló el modelo del joven santo ideal para el restauracionismo sacándose de la manga un personaje de ficción al que canonizó en dos patadas- y al mismo tiempo conseguía subvenciones de la tropa de fracmasones que estaban al frente del gobierno del estado del Piamonte, enemigo acérrimo del papado. Me queda el consuelo de que este segundo aspecto, inalcanzable para mí, lo está desarrollando a la perfección mi entrañable amigo Jesús, que, como buen cántabro, lleva genes de cuco. Es como si a través de nuestra amistad me sintiese complementado.


D. Bosco fue el típico hombre de su tiempo que se hizo de la nada. Otros lo materializaron desde la industria o la banca y él desde el sacerdocio.El momento de la vida de D.Bosco que me resulta más ejemplarizante fue aquel en que la marquesa Varolo le ofreció ser el capellán de su colegio de niñas y él prefirió seguir recogiendo a los niños perdidos de las calles de Turín. Le quisieron llevar al manicomio, claro que no era propio de los curas de su tiempo empeñarse en andar con tan poco recomendables compañías. Hoy al acordarme del día en que estamos me ha venido a la memoria, saliendo de lo más profundo de mis olvidos, una anécdota que me pasó hace muchos años pero que todavía soy capaz de visualizarla como si de una película en blanco y negro se tratara.


No recuerdo el año exacto, sería en el 67 más o menos, pero sí que era tal día como hoy. Estaba en Guadalajara preparándome para el magisterio. Se decidió que algunos estudiantes fueran a hablar de D. Bosco a escuelas y a otros sitios similares. A mí me tocó el orfanato, pues parece ser que, entre los muchos patronazgos que se le atribuyen, está el de los huérfanos. Para un pipiolo como yo de 19 años, que no había salido todavía del cascarón, aquello estaba fuera de mi alcance y me sobrepasó nada más atravesar el portón de entrada de aquel lúgubre recinto. Era un orfanato cutre en toda regla, como los que salen en las películas sólo que con un olor pegajoso y penetrante añadido, que no se transmite a través de la pantalla del cine.


Me llevaron a través de unos pasillos mal iluminados hasta un salón lleno de chavalillos. En mi recuerdo calculo que serían alrededor de 50 de edades incalculables porque todos eran un manojo de huesos y los que parecían más mayores no me llegaban al pecho. Todos iban vestidos con su bata guardapolvo gris, por ponerle algún color a aquello, y luciendo sus cabezas rapadas, que no hay que dar cuartel a los piojos. Nada más entrar sentí que se clavaban en mí un montón de ojos inexpresivos de mirada lunática, subrayada con sonrisas entre sorprendidas y bobaliconas. Se reían, o algo así, por todo. No creo que pude articular dos frases seguidas. Los más cercanos me tocaban como si fuera un ser venido de otro mundo y, cuando llegó la hora de marcharme, intentaban agarrarse a mí.


Realmente, no recuerdo lo que dije ni si tuve el valor de decir algo, porque, ciertamente, no merecía la pena decir nada de lo que me habían hecho preparar. Solamente recuerdo que salí más sonado que Bonavena. Regresé al colegio como un sonámbulo y aquella sensación, así como el estómago revuelto, me duró varios días. Había recibido un baño real en la miseria más cruel y más oculta sin saber a dónde iba y sin estar preparado. Fue tan fuerte que mantengo aquellas imágenes en la retina de la memoria y aquellas sensaciones en mis entrañas a pesar del paso del tiempo.

Visto desde hoy, tengo que reconocer que aquellos ojos inexpresivos de clones anónimos fueron un foco más de los que me han ido balizando la trayectoria de mi vida. No pude hacer nada por aquellos niños, pero creo que, a lo largo de mi dedicación a los jóvenes en dificultad, he colaborado en dar a aquellos rostros desconocidos algunas imágenes reales con nombre y apellidos que se han podido librar del pozo de la exclusión. Claro que aquellos horrores ya no se dan hoy, pero puede que la miseria de la exclusión sea tan cruel y desconocida como la de entonces sólo que en formas más sutiles y más dañinas. El haber sacado del baúl de mi historia este momento lejano creo que me ha dado fuerzas para mantener fresca la pasión por mi trabajo.
(La foto es de un orfanato bieloruso al que ayuda la asociación ACANB de Toledo. En otros sitios aún quedan lugares sórdidos para estos chicos. Algunas de estas miradas son aún mas duras que las que yo recuerdo)

miércoles, 28 de enero de 2009

DEL MOTOR, LAS RUEDAS...Y ALGO MÁS

Hoy en el departamento, no sé bien a raíz de qué, se ha generado una acalorada discusión de esas que empiezan de bromas y nunca se saben en qué van a acabar. Me llegaba el runrún de que si el matrimonio se rompía por hastío o porque se tenía en poca estima a la pareja... y, claro, en seguida salió el tema: "porque no lo hace bien". Lógicamente al llegar a este punto el tono de voces subió considerablemente y se interrumpían unos a otros casi sin escucharse. Cuando se fueron calmando las aguas -nunca mejor dicho después de la que ha caído- el bueno de Javi actuó de juez de paz. "El follar es como las ruedas del coche. No son lo más importante en el funcionamiento del coche pero son necesarias". O sea que no se puede separar nada: las ruedas no pueden funcionar sin motor, el motor y las ruedas necesitan un chasis... Concluía el compañero que en el buen funcionamiento de un matrimonio entra todo sin que se pueda prescindir de ningún aspecto, desde el respeto, la colaboración... hasta el disfrute. Si falla cualquiera de ellos, el resto se resiente o se puede romper.


Sabia sentencia, a fe mía, la del compañero de trabajo. He podido comprobar, después de 17 años y pico de matrimonio, que entre María y yo no se está produciendo ese enfriamiento o cansancio del que tanto se dice que aparece después de 10 años de convivir juntos. Es verdad que la convivencia es un negociado harto difícil de gestionar. Pero estoy convencido por nuestra experiencia que, partiendo de la base de la sentencia anterior, no sólo se puede llegar a convivir razonablemente sino que es posible gozar de la convivencia, más aún, hacer de ella un elemento clave y muy apetecible en la vida de cada uno.


Hay dos aspectos de la relación de pareja que pueden dar vértigo al principio pero que luego son la base para disfurtar del matrimonio y para poder retomar la comunicación después de las discusiones o roces inevitables. En la vida de pareja, igual que haciendo el amor, como mejor se funciona es desnudo. Esto es, sin secretos, sin reservas, sin miedo a que descubran mis debilidades, sin complejos por mis fealdades... Es bonito poderse mirar limpiamente el uno a la otra como en un espejo donde todo queda al descubierto entre los dos. Así se puede llegar a vivir en un plano más allá de pedir fidelidades o exigir confianza por aquello de la palabra o la firma dada.


El otro aspecto al que me refería es la capacidad de compartir. Compartir todo: los trabajos de la casa, la educación de los hijos, las preocupaciones laborales, los proyectos de futuro, el dinero, la toma de decisiones... En la medida que compartes te vas haciendo parte del otro y viceversa. Llega un momento en que el yo piensa y siente en plural sin dejar de ser individual e intransferible. Se crea un nosotros que multiplica la capacidad de creación y las posibilidades de autorrealización de cada uno. En este camino uno se puede sorprender al encontrarse con lo mejor de sí mismo o llegando a metas que probablemente nunca habría imaginado alcanzar en el desarrollo de las potencialidades personales, en la alegría de vivir, en el disfrute del sexo....

¡Al diablo todos esos cenizos que no saben más que dibujar el matrimonio como una de cadenas o de cárcel perpetua! Ya es hora que se vean escenas de matrimonio que no sean esas ordinarieces y zafiedades que se venden en la tele. La convivencia en pareja es una apuesta arriesgada pero apasionante si se aborda con la suficiente madurez y valentía y si se supera el vértigo que puede producir al principio. A mí me está pasando algo de esto y creo que a María también. Desde aquí animo a todos y a todas que han apostado por la convivencia en pareja, por aquello del viejo adagio de la lógica escolástica que tanto me gusta traer a colación "ab esse, ad posse valet hilatio" o aquella exhortación de S. Agustín "si ille et illa, cur non ego?"

("lo que es puede ser" "si él y ella ¿por qué no yo?")
( la foto es de la playa de La Arena, nuestro lugar favorito para pasear y charlar de todo mientras nos dejamos invadir por la grandeza del mar)