Estos sobresaltos no son flor de un día, vienen cociéndose desde bastante tiempo atrás, cuando se comenzó con la implantación del euskera en la enseñanza. Habría que hacer un examen exhaustivo de todo el proceso en base a los resultados actuales por los que se puede dudar seriamente de que se hayan obtenido los objetivos previstos entonces. No se tiene datos de cuántos alumnos salen de sus estudios con capacidad de hablar el euskera o, al menos, entenderlo tanto por escrito como hablado. Una de las dificultades mayores que se han sacado a relucir, es que en casa no encontraban un apoyo en la familia porque la inmensa mayoría de los mayores no entendían nada de los libros, los apuntes, los deberes e, incluso, de las evaluaciones. El euskera para un tanto por ciento alto de la población estudiantil, no deja de ser esa maría incómoda que cuesta sacar adelante porque no es nada fácil y tiene mucha importancia. Una lengua impartida en todas las asignaturas, menos lengua castellana, por un profesorado que de la noche a la mañana lo ha tenido que estudiar a la fuerza con la espada de Dámocles colgada de su situación laboral. Al final se mal habla un euskera corto en vocabulario, infectado por términos o por influencias gramaticales del castellano, definido con ironía por los malvados como euskañol.
sábado, 12 de septiembre de 2026
Nos han pintado la cara
En el famoso informe de evaluación PISA hemos quedado por debajo de la media nacional, solo por delante de Ceuta y Melilla, o sea, a la cola. El resultado del informe evaluativo interno del gobierno vasco tampoco es para echar cohetes y detecta una serie de lagunas. Una vez más sucede lo de siempre, que el fracaso es huérfano. Cada cual va sacando causas, circunstancias o todo tipo de disculpas para explicar lo inexplicable. Yo comencé la escolaridad con seis años en los años 50, que era lo que estaba legislado entonces. A parte del adoctrinamiento del nacional catolicismo que nos embuchaban, salíamos con una serie de herramientas básicas: caligrafía y ortografía, lectura en alto delante de todos y las operaciones básicas matemáticas. Y con estas herramientas bien asentadas, te lanzaban a lo que entonces se llamaba bachillerato, después de un curso preparatorio llamado ingreso. Ahora resulta que el personal infantojuvenil no entiende lo que lee y no es capaz de leer cuatrocientas palabras seguidas, con todo lo que han avanzado las técnicas pedagógicas y los medios materiales, tanto en euskera como en castellano. Esto conlleva no solo un suspenso clamoroso en lectura comprensiva, sino también otro más en aquellas asignaturas de ciencias o de sociales que exigen un estudio de los textos. Solo se salvan del penco vergonzante las matemáticas, algo es algo, será porque en esa materia hay que leer menos.
Al parecer conviene tener en cuenta un serie de factores que inciden en este problemón. Se habla del abuso de pantallas, del lenguaje corto y poco correcto de las redes sociales... incluso de lo poco que hablan con sus padres. Supongo que el profesorado, las programaciones y la organización de los centros también tendrán algo que ver. A mi humilde modo de entender, aquí queda algo por aclarar que nadie se atreve a señalar y viene a resultar un elefante en la habitación.
En resumen, he querido señalar que este fracaso sí tiene padres y madres. Los factores sociales de las nuevas tecnologías con las redes sociales, los y las influencies, los acosos y todas esas movidas que se monta la gente joven, están consiguiendo sembrar la falta de atención, la ley del mínimo esfuerzo, la imposición de sus caprichos, el rechazo a la autoridad familiar y escolar, y la falta de interés. Todo esto metido en un sistema educativo con un serio lastre endógeno, facilita la gestión de fracasos del tipo que nos han señalado y puede que algunos otros que tarden en salir a flote. Le deseo éxito, por el bien de todos, a la señora consejera de educación en su convocatoria a los diversos agentes educativos porque es mucho y profundo lo que hay que analizar y urge tomar medidas concretas.
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