miércoles, 9 de abril de 2014

Otra despedida,Olga Laseca Abella

Escudo de Laseca
La semana pasada me tocó despedir a otro ser querido, aunque no sea familiar, una de esas amigas a las que les profesas admiración además del cariño propio de la amistad. Olga ha sido de siempre una mujer entera que lo ha dado todo en la vida por su familia. 48 años de matrimonio, sacar dos hijos adelante y cuidar de sus mayores. Esto no impidió que su entrega fuera más allá. Fue una colaboradora incondicional en su parroquia y, sobre todo, fue una de esas mujeres voluntarias, que, además de trabajar todo lo que su tiempo libre les permite, lo hacen con cariño y con detalle y así consiguen que Caritas sea mucho más que una ONG. Ultimamente se había dedicado especialmente a acompañar a alguna anciana solitaria en la residencia Miranda y no se conformaba con eso, sino que conseguía formar tertulias y corrillos animados. Aún después de que se le detectara el cáncer de páncreas que acabó con su vida, siguió manteniendo sus actividades. Vi llorar en su funeral a personas de esa residencia.

Yo tenía la posibilidad de verla cuando iba a visitar a mi madre y nos encontrábamos en el jardín, en las salas o en las entradas y salidas. Era entonces un placer poder platicar con ella y sus conversaciones siempre dejaban un poso de humanidad, de disposición, de interés por todos y de inquietud por llegar a donde no se llegaba o de corregir fallos en la organización. Olga ha sido para mí una de esas personas que consiguen que nos reconciliemos un poco con la humanidad, en medio de tanta inhumanidad como nos está tocando soportar. Al mismo tiempo, Olga y muchas mujeres como ella son el referente que debe representar a los creyentes, a los seguidores de Jesús. A ellas hay que referirse cuando se dice "la iglesia", más allá de conceder esa titularidad a jerarquías o a entidades canónicas.

He tenido la oportunidad de acompañar a su familia en esos momentos de duelo. Me une a su marido la típica confianza que da el haber compartido colegio en nuestra infancia. De alguna manera también he hecho mío ese dolor, pero estoy convencido de que todo lo bueno que nos ha dejado seguirá creando vida y compromiso entre nosotros. Gracias Olga.

sábado, 29 de marzo de 2014

España es así, Sr. Ministro

En estos días me están lloviendo una serie de noticias, comentarios o informes que me provocan hasta dolores de estómago. Todos ellos hacen referencia a la situación laboral y al panorama de las diferencias sociales, cuya brecha se abre cada día más y a más velocidad. Los últimos descalabros, que no reformas de los derechos de los trabajadores, están produciendo situaciones absurdas. Resulta que hay menos demandas de puestos de trabajo porque se gana más con la renta de garantía que con la muchos de los trabajos que se ofertan. Estos suelen ser temporales, incluso por horas, y si alguien los acepta debe renunciar a la renta. El problema es que no va a cobrar luego paro y le va a costar un triunfo que le vuelvan a conceder la renta, sin contar el tiempo que tendrá que añadir a la espera de que se la hagan efectiva. Lo bonito es que a eso lo llaman puesto de trabajo, igual que los alemanes que para eso son los que mandan. A una asistente social le ofrecían trabajar por horas sueltas, le exigían entera disponibilidad sin garantizarle número de horas ni horario y le pagarían 10€ la hora. Eso a una persona con título universitario y con experiencia, con que no necesito que me cuenten lo que les puede pasar a camareros, limpieza, comercio... Los esclavos cobraban menos pero al menos los alimentaban.

Además de que muchos jóvenes con formación se tienen que marchar fuera , se juega con los que se quedan aquí abusando de su situación de precariedad para poderles explotar, o mejor dicho chulear en el sentido estricto de la palabra. Por poner un caso un tanto sarcástico. Es la tercera vez que me llega un spam en el que una supuesta empresa de altos vuelos me da la buena noticia de que han quedado gratamente impresionados por mi currículo y que cuentan conmigo para ampliar su plantilla. Se trata de asesorar en contabilidad, administración de empresas y relaciones jurídicas. Bingo: estoy jubilado, he sido funcionario de carrera, me he movido en el campo de la educación y de los servicios sociales y me ofrecen un salario inferior a mi paga de jubilación. No sé de dónde habrán sacado mi supuesto currículo. Eso sí me piden todos mis datos, vaya usted a saber para qué, pero seguro que alguien picará y podemos imaginar lo que harán con ellos. Vivimos en una sociedad que en vez de la información se está convirtiendo en la de la mentira, la estafa y las trampas y los que tienen la sartén por el mango la manejan de maravilla y nos llaman tontos a la cara.

A todo esto viene Cáritas y nos saca una foto que pone los pelos de punta hasta a los más indiferentes. Hogares en severa pobreza o sin poder mantener el consumo de energía eléctrica, segundo puesto en pobreza infantil, personas mayores que compran muy por encima de sus necesidades porque tienen que estar alimentado a sus hijos y nietos, cada vez se ven más iniciativas de comedores sociales, los gitanos rumanos ya no son los únicos que rebuscan en las basuras, ni los inmigrantes son la mayor parte de los atendidos en los servicios sociales ... 

Entonces el ministro Montoro se enfada muchísimo y aparece en los medios, con toda su cara dura y su cinismo, negándolo todo porque esa no es la imagen real de la España de la recuperación económica. (Bueno, se dirá, pero esos no eran de los nuestros, tanto favorecer a la Iglesia para que nos salgan ahora con éstas). Su economía, que a estas alturas ya no sabemos lo que es ni para qué sirve , se recuperará si ud. lo dice, pero ¡¡ España es así sr. ministro!! No tenga usted la desvergüenza de negar lo evidente que está a la vista de todo el mundo. Claro que, como usted está en su mundo al otro lado de la grieta social, es lógico que no vea lo que hay a este lado, o mejor, no quiere verlo porque no se le puede llevar la contraria, dado que eso perjudicaría  la famosa marca España que se han inventado.

martes, 25 de marzo de 2014

Suárez de villano a mito.

Son muchas las impresiones que se me han agolpado mientras veía en la tele los fastos de despedida a los restos mortales del presidente Suárez. Como es y ha sido tradición o idiosincrasia del rancio abolengo de este país, todo ha discurrido bajo la sombra del ejército, en Madrid, y bajo la de la Iglesia, en Avila. De todo el boato y la parafernalia exhibidos me quedo con lo que considero mínimamente auténtico, la presencia de mucha gente en la calle y la expresión de sus sentimientos. A todo esto, han supuesto una auténtica plastada las horas y horas en las que, a lo largo estos dos días previos, todos los medios de comunicación se han empeñado en competir para recordarnos la historia de la transición, su amistad con el rey, el tejerazo... Han sacado a primera fila de pantalla viejos dinosaurios de la política y de la información, que estaban perdidos en el valle árido del olvido y cuya existencia ya ni recordábamos, aportando sesudas consideraciones sobre su historia. Cuando quieren ser exhaustivos o ganar audiencia, acaban resultando cargantes y odiosos. Los programadores no suelen tener en cuenta el viejo refrán castellano "lo poco agrada y lo mucho enfada" y siguen confundiendo la cantidad con la calidad.


A decir verdad en su día Suárez no me cayó nada bien. Era un tipo venido del Movimiento y me parecía que lo que pretendía era dar un barniz democrático al posfranquismo para mantener a los de siempre. Me alegré mucho de haberme equivocado. Luego comprendí que el gran mérito que tuvo fue hacer, como he oído en alguna radio, de flautista de Hamelin con sus correligionarios del antiguo régimen que no le perdonaron nunca el que los enterrara en la cueva del olvido.
En realidad, junto con los generalotes y los cargos más casposos del ejército y de la guardia civil, fueron los que le sacudieron más estopa para conseguir frenar el proceso democrático. A lo largo de este proceso tampoco se libró de los palos del sector más reaccionario de la Iglesia por aquello del divorcio y por lo del estado laico.


Se le ha concedido, junto con el rey, el protagonismo de la transición democrática y eso no me ha gustado nunca. Tuvo el mérito de haber sabido gestionar una situación terriblemente complicada, pero la transición es también de todos los que nos echamos a la calle reivindicando libertad y justicia, o estuvimos luchando contra la indefensión en que habían quedado los trabajadores, o exigiendo la legalización de los partidos políticos... El protagonismo fue de todos, aunque, eso sí, a Suárez le tocó ser una de las cabezas visibles de aquella movida y hay que reconocerle que, sobre todo con la Constitución, cumplió lo prometido.

También me ha parecido injusto el trato que le ha dado la historia. Primero, como a Julio César, se lo cargan sus propios allegados, que ambicionaban quedarse con la mejor parte del pastel, por lo que se retira antes de que haya más problemas. En realidad preparó una salida por la puerta de atrás para continuar en el poder apoyado por sus más fieles, pero las divisiones en política se paga caras y se dio el gran tortazo de su vida. A partir de ahí desapareció de la escena y padeció en propia carne aquello que del árbol caído todos hacen leña. 

Las revistas del corazón lo trajeron posteriormente a escena por las desgracias de su familia y protagonizó un último episodio lamentable apoyando la campaña electoral de su hijo. Después se sumió en su enfermedad degenerativa hasta que la muerte le ha servido, como a los grandes artistas o sabios de la historia, para que se le reconozcan sus méritos.
Fue capaz de reunir a todos en torno a la constitución y a los pactos de la Moncloa y en estos días ha vuelto a reunir a los de derechas e izquierdas en torno a su féretro. Me temo que esa reunión va a ser cuestión de un instante porque las espadas seguirán en alto y no creo que haya muchos políticos que de hoy en adelante se propongan convertirse y reeditar sus virtudes o sus valores.

domingo, 23 de marzo de 2014

El engaño de la primavera

Cuando un día sale radiante y no hace mucho calor enseguida decimos que es un día primaveral. Si cambian las tornas y aparecen días de lluvia y viento lo más común es afirmar que el invierno ha vuelto. Sin embargo, si en la primavera todos los días fuesen como los primeros, en vez de primavera sería un secarral. Claro que también cabe el viceversa, si todos los días fuesen como los segundos, tampoco habría floración ni polinización. O sea, que los dos tipos de días son necesarios para que la primavera dé sus frutos. Y es que la primavera es, de por sí, el tiempo inestable por antonomasia, por eso nos desesperamos con la ropa "no sabe uno qué ponerse". Entonces no es justo llamar a los segundos mal tiempo y considerar a los primeros exclusivamente primaverales. De la misma manera, a costa de esa falsa concepción de la primavera se han dicho muchas ñoñeces y se han hecho demasiadas tonterías.

Cada vez me llama más la atención esa tendencia humana, o de nuestra cultura, de considerar bueno o aceptable lo que resulta agradable, no exige esfuerzo o no implica resistencia a las circunstancias adversas. La primavera es una alegoría que nos sirve en bandeja la naturaleza para hacernos ver que la vida siempre tiene dos lados y que lo bueno no consiste en pretender que solo nos pase el que nos gusta, sino saber disfrutar o aprovechar los dos. Es la síntesis de los dos la que hace que brote la vida. De la misma manera, en nuestra vida, ya desde el primer llanto del parto, el esfuerzo, la resistencia o el sufrimiento son imprescindibles para crecer, desarrollar y madurar, igual que el cariño, la salud o la alegría. 

A veces cuando hay alguien inmaduro o que se deshace ante cualquier contrariedad, se dice que es un primaveras o un yogourt. Son los productos de un déficit de educación familiar en la que se les ha acostumbrado desde muy pequeños a no exigirles ningún esfuerzo, a que no tengan ninguna contrariedad, a bailarles todas sus ocurrencias o a darles todos sus caprichos. Se han quedado con el lado bonito por lo que no han podido madurar. Así que cuando la vida comience a enseñarles la cara cruda de la realidad, no van a tener quién les arregle las cosas ni van a saber ni poder afrontarla. Serán un eterno problema para los suyos, para la sociedad y, sobre todo, para sí mismos.

En estos momentos en que estoy escribiendo hace un sol radiante, pero hace media hora ha caído unas chaparradas de cuidado y cuando he ido a la piscina he tenido que subirme bien la cremallera del chambergo aunque hacía sol. Me he asomado a la ventana y he visto el Ganekogorta nevado y un telón negro que cubre el cielo y que avanza hacia aquí desde el mar. Un día auténtico de primavera. Bienvenida.

jueves, 20 de marzo de 2014

El último de mis tíos

El sábado pasado murió mi tío Poli, un año y tres meses después de mi madre. Ha sido el único hermano que le ha sobrevivido y el último de ellos en morir. Siempre me he criado en el entorno de mi familia materna y apenas mantuve relación con la de mi padre, por diversos avatares de la historia. Mi madre tuvo que casi criar a sus hermanos en la dura época de la posguerra, por eso después se mantuvieron muy cercanos a ella y contando siempre con su "protección", así se fue convirtiendo en la matriarca de la familia. De ahí que mis tíos hayan sido muy importantes para mí, tanto por el cuidado con el que me trataron, como por el cariño que me regalaron a raudales.

El astillero de Euskalduna donde trabajó un tiempo
Hablar de mi tío Poli es retrotraerme a la infancia. Cuando venía a mi casa me sacaba de paseo y siempre me contaba historias. Su casa de Bilbao era la que más visitábamos  y yo me sentía en ella como en la mía. Poli procuraba jugar conmigo de mil maneras. Tengo gravada en mi mente una escena realmente desternillante cuando tendría 4 o 5 años. Tenía guantes de boxeo y me los ponía para desafiarme. Recuerdo que yo me empleaba a fondo, como si me fuera la vida en ello, y una de éstas se dejó caer al suelo fingiendo estar ko. Me imagino que estaría ya cansado y era la única manera de terminar. Yo salí exultante contándoselo a todo el mundo. Ya no puedo recordar cuantos  asaltos más le hice repetir a lo largo de mi infancia. 

Otro de los recuerdos, que he estado viendo como en una película durante el funeral, es la costumbre que tenía de llevarme de paseo por los bares en los que chiquiteaba con sus conocidos. Mientras ellos estaban a sus cosas, a mí me daban para entretenerme magurios o quisquillas, que entonces se ponían a la hora del poteo, lo que para mí suponía un auténtico banquete. En fiestas de Bilbao me llevaba a las barracas y a las atracciones y yo era el crío más feliz de la tierra, excepto un día en que me perdió de vista y hasta que me encontró las pasó de a kilo. Eso sí, en mis recuerdos queda una deuda por saldar, me prometió hasta tres veces que me iba a llevar a S. Mamés para ver al "Ateti", como él decía, pero aún lo estoy esperando. Qué le vamos a hacer, nadie es perfecto, como dijo el otro.

Posteriormente recuerdo que me hizo algunas visitas al internado, pero las distancias que nos fue poniendo en medio la vida y la historia han hecho que nuestra relación se haya difuminado. Ultimamente los fallos de su salud le hicieron perder un tanto la cabeza, desarrollando unos comportamientos que no tenían nada que ver con lo bonachón y humorista que había sido siempre. Igual que con los recuerdos del resto de mis tíos, quiero conservar en mi memoria lo mejor que he visto en él, sobre todo el cariño con que siempre me trató. Gracias por ti, Poli. Goian bego.



domingo, 16 de marzo de 2014

Como un gato.

Estaba yo parado en un semáforo como peatón formal y pasó en un pequeño utilitario. Llevaba la ventanilla bajada por lo que nos pudimos reconocer perfectamente. Me bastó con ver esa sonrisa entre tímida y formal, achinando un poco los ojos, para saber que aquello era un saludo afectuoso sin que necesitara ningún otro gesto o palabra. Y es que Jaime -por llamarle de una manera- siempre ha sido así desde que le conocí con 16 años. Su cara y la forma que adoptaban los ojos expresaban claramente lo que quería decir, porque eran muy pocos los que conocían su voz.
Cuando salió de un hogar de Diputación, un educador conocido nos lo recomendó para que trabajara con nosotros. Estuvo un poco más de un año pero siempre hemos mantenido una relación amistosa en los momentos en que nos hemos encontrado. El coche tenía pinta de ser de segunda mano pero parecía limpio y cuidado. Venía a ser un reflejo de la manera de ser de su dueño. Era curioso ver cómo iba siempre limpio, a pesar de que trabajábamos recogiendo objetos desechados de los hogares, lo que contrastaba con las pintas del resto de compañeros. Nunca hubo una queja de él ni por motivos de trabajo ni por comportamiento y la más de las veces ni siquiera se sentía su presencia. El silencio, la mirada profunda daban a entender que algo bullía por dentro, pero su natural introvertido lo mantenía encerrado.

Jaime fue un niño que desde muy pequeño tuvo que aprender a valerse por sí mismo. Vivía con su madre y otros hermanos pequeños que eran de distinto padre. También tuvo que atenderles acompañándoles a la escuela o cuidándoles en casa. En un par de ocasiones tuve que acompañarle a casa y pude comprobar el caos reinante en la misma, los lloros de los pequeños y una figura de mujer desastrada que pululaba de una parte a otra, sin rumbo ni criterio, vociferando órdenes que no venían a cuento. En la primera de estas ocasiones tardó un buen rato en percatarse de mi presencia, hasta que, en uno de sus movimientos convulsos, se dio de bruces conmigo. Intentó recomponer la maraña de su pelo en un gesto reflejo y entonces se dio cuenta de que Jaime estaba por allí, por lo que dedujo quién era yo. Me dio la impresión de que Jaime entraba y salía de su casa como un gato silencioso y cauteloso. De alguna manera sabía que le convenía ser invisible para su madre.

En un momento dado nos confesó que estaba ya harto de su familia y que no aguantaba más a su madre. Al poco tiempo se despidió del trabajo y desapareció de Barakaldo. Tardé varios años en volver a encontrarme con él. Sus botas militares, su chupa, su pelo negro azabache perfectamente peinado y todo él con su porte impoluto habitual. Había encontrado trabajo por aquí y vivía por su cuenta. En otra ocasión, tuve oportunidad de verle más veces porque trabajaba en una obra que estaba en el camino que yo seguía todas las mañanas para ir al trabajo. Me alegra de que al menos las cosas del trabajo le vayan bien. Del resto de los aspectos de su vida no tengo ni idea. Jaime siempre me ha parecido un misterio. Detrás de esa mirada lejana o de la sonrisa que utiliza como escudo, hay un pozo de soledad, y no sé si también un vacío de afecto, que le han obligado a superarse por conseguir ser un superviviente. El cariño con el que me saluda me da entender que el granito de arena que aportamos a su resiliencia ha colaborado en que haya conseguido ser un hombre autónomo. Ese es Jaime un superviviente como un gato: silencioso, cauteloso, pulcro, con mirada profunda y sin depender de nadie.


jueves, 13 de marzo de 2014

Días de monte 13

La cumbre de Larrea vista desde el Ubieta
El macizo del Ganekogorta al fondo
El domingo pasado retomamos los paseos mañaneros después de varios intentos frustrados por el tiempo o por nuestros compromisos familiares. Elegimos las Encartaciones por la cercanía y porque necesitábamos un monte no muy alto por aquello de entonar las piernas. Nos decidimos por el pequeño macizo de Ubieta partiendo de Güeñes. Consta de dos alturas de 635 ms. de altitud, el Ubieta y el Larrea. Están separadas por una larga vaguada. Claro que, como pasa en esta zona, aunque los montes no son muy altos hay que superar un desnivel de más de 500 ms. en una distancia corta, por lo que la subida tiene una media de pendiente más que exigente. Además la vaguada intermedia está 100 ms. más baja que las cumbres lo que añade un sube y baja al hacer las dos.

La mañana fue luminosa y esta vez las indicaciones del plano coincidían con unas señales puestas con tiras de plástico, lo que supuso que hicimos la subida de una tirada sin pérdida.
Juanjo en la cumbre de Larrea.
El pico La Cruz al fondo
Esto supone casi un milagro en estas zonas de pinares que están plagadas de pistas que nunca sabes a dónde van a parar. La mañana fue luminosa, tanto que se me han desvelado casi todas las fotos, aunque puede que también sea porque la cámara empieza a flojear. O sea, que esta vez tampoco va a haber un álbum. Solo he podido rescatar algunas fotos, aunque están de aquellas trazas. 


El Ubieta desde Larrea
En la primera parte de la subida estábamos refugiados por el pinar, pero al ir a atacar la subida del Ubieta salimos a campo abierto y las rachas de viento nos llevaban. En las cumbres que hay antenas, aunque se pierde el encanto del monte, se garantiza que hay buenas vistas. Es lo mismo que en esos restaurantes de carretera que tienen el aparcamiento lleno de camiones, lo que supone que allí se come bien. Es una pena que no haya podido conseguir las fotos. El panorama iba desde las nieves del Gorbea hasta las cumbres del Castro Valnera y la zona de los montes de Ramales, todos también nevados. Por supuesto, se dominaban todos los macizos y un montón de poblaciones y caseríos de las Encartaciones, desde algunos neveritos del Zalama hasta los montes mineros y, cómo no, el mar. No pudimos disfrutar mucho del panorama porque el viento era insoportable, así que nos volvimos a la zona de pinares comimos el bocata y para casa. Para el próximo día ya estamos más preparados, así que será uno de más de 1000, seguro.
En la cumbre de Ubieta, agarrándose a la veleta. Detrás un trocito de mar

martes, 11 de marzo de 2014

11 M. Día contra el fundamentalismo.


El fundamentalismo religioso se ha llevado por delante muchas vidas y sigue inmolando víctimas con los motivos más absurdos. Ha inventado inquisiciones en todas las religiones, ha abusado de la ignorancia de los más humildes, ha provocado y sigue generando guerras o terrorismos. El fundamentalismo religioso impide la relación auténtica de la persona con Dios, porque solamente adoctrina y crea seguidores ciegos e incondicionales a sus consignas.

El fundamentalismo político hace prevalecer una ideología única persiguiendo y eliminando a todo y a todos los que se desvíen de ella. Se asienta sobre dictaduras o nacionalismos exacervados, destruye la cultura, sirve a los intereses de los que se han montado en el poder y se olvida del servicio a la ciudadanía. El fundamentalismo político también ha desarrollado sus propias inquisiciones, ha hecho purgas, ha cercenado las libertades públicas y ha provocado odios y guerras para justificar y defender su estatus.
 El fundamentalismo étnico ha cometido auténticas racías y crímenes contra la humanidad, llegando a límites insospechados con sus aberraciones. Cuando se unieron estos dos fundamentalismos se hizo visible la versión más terrorífica del infierno en el medio de Europa.

El fundamentalismo economicista sigue provocando cíclicamente crisis económicas a cual más despiadada. Destruye vidas y reduce a la miseria pueblos enteros, sin importarle lo más mínimo la vida o la dignidad de las personas. Se erige en un dios que necesita alimentarse de las miserias de inmensas mayorías para mantener la dictadura de los beneficios de sus mercados.
El fundamentalismo desarrollista se está comiendo el planeta pasando por encima del cambio climático, las selvas amazónicas, la chatarrería del espacio, el aniquilamiento de especies protegidas, la polución atmosférica, la falta de recursos, el hambre y la pobreza establecidas...

El fundamentalismo de todo signo es, ha sido y, si no lo remediamos, será una de las plagas que seguirá asolando la humanidad. El fundamentalismo ha sido y sigue siendo peor que la peste, que el cáncer o que el sida. El fundamentalismo sigue siendo una de esas asignaturas pendientes a las que la humanidad aún no hemos resuelto y, de este modo, nos sirve para percatarnos de que aún nos quedan muchos miles de kilómetros para avanzar en el progreso auténtico de los pueblos y de las personas.


lunes, 10 de marzo de 2014

Miércoles de ceniza

Hoy me preguntaba por qué se sigue celebrando el carnaval, si nadie celebra la cuaresma. Es un curioso esquinazo de la historia que se ha quedado con una cara de la moneda, casualmente la más apetecible, y se ha olvidado de los ayunos y abstinencias de la cuaresma. Puede que esta efervescencia carnavalera, que ya viene de antiguo, se vea incrementada, por las circunstancias del momento, en esta cuaresma social, política y económica a la que se está sometiendo a la ciudadanía. En el miércoles de ceniza del 2009 en pleno auge de la crisis dije que ésta suponía una cuarentena, que esperaba no fuese de 40 años. Ya han pasado 5 y aún andamos con estos pelos. 

Este año he tenido la oportunidad  de participar en la celebración de la ceniza. Para mí ha tenido un doble significado. Por una parte, resulta ser una llamada a buscar lo fundamental para la vida,  lo que la llena de verdad, dejando a un lado lo superfluo. Quizás en un principio tenía un significado un tanto macabro por aquello de que nadie se lleva los lujos a la tumba, pero hoy en día creo que adquiere una importancia relevante, porque la situación económica nos está obligando a cambiar de hábitos de consumo y a tener en cuenta a los que carecen de lo fundamental para vivir.

En segundo lugar, eso de que de la tierra venimos y a la tierra volvemos deja de tener también aquel aspecto sombrío de meter miedo con el hecho ineludible de la muerte. Ahora puede ser un recordatorio de que somos parte de este planeta, de este universo que podemos considerarlo como el cuerpo de Dios, como la fuente de vida para los humanos y para el resto de los seres vivientes. No podemos quedarnos impasibles ante su continuo y sistemático deterioro y, a la vez, también tenemos que revisar nuestra forma de vida para que sea coherente con el cuidado del mundo que nos rodea.

Pienso que el gesto de la ceniza también invita a mirarnos por dentro y a mirar el mundo y a los otros desde nuestro interior. Hay un gozo interior que no tiene nada que envidiar a los bullicios y ostentaciones externas, que en las más de las veces no son más que carcajadas huecas. Y es que todo el sistema nos está educando al ruido y a las relaciones superficiales y no nos deja percibir la delicia y la importancia del silencio. Vaya, que yo no celebro el carnaval y me quedo con la cuaresma para disfrutar de lo más íntimo.

martes, 25 de febrero de 2014

Entre todos

Algunos días por la tarde voy a estar un rato con mis suegros en la residencia de Ibarrekolanda. Tienen dos televisores de esos gigantes en la sala de estar, que está casi unida a la zona del comedor. Cuando no hace buen tiempo la mayor parte de los residentes se pasan la tarde colgados de ellos o mirando en dirección a las pantallas con los ojos perdidos hacia no se sabe dónde, porque quizás muchos, entre tanto, estén viendo pasajes de su vida en la televisión de sus recuerdos. Como es de rigor en toda residencia de ancianos, el volumen de las teles es inversamente proporcional a la capacidad auditiva del personal, que, por mor del desgaste, tiende a estar más o menos deteriorada. Llevan una temporada poniendo un programa de La1 que me llamaba la atención porque la presentadora chillaba más que hablaba, en medio del griterío del público invitado que hace de cla en el estudio. 

Lo primero que agradecí es que ya no pusieran esos programas vomitivos de tele5, que a cierto sector del personal parece que les gusta por aquello de la dosis alta de carroña. Desde hace dos días me he fijado algo más en el contenido del programa. Parece ser que se trata de sacar de un apuro a alguna familia o persona que quiere empezar de cero con algún proyecto, o necesita alguna operación o algún tratamiento especial que no se puede financiar porque está en las últimas. Mira por dónde, algo así se hacía ya en radio Bilbao cuando yo era niño, "De corazón a corazón" se titulaba. Lo dirigía un cura que iba exponiendo casos, poniendo mucho calor en el asunto, hasta que conseguía financiación para ellos. Todo este estilo de iniciativas pueden llevarse el sambenito de caritativismo barato por parte de los bien pensantes, aquel era eclesial y éste de la tele laico. Puede también que sea también un reality más, ya que alguien nos llora sus miserias en público, pero en versión solidaria porque con un poco de suerte puede sacarse un dinerito que le vendrá de perlas. Lógicamente durará, como todos los programas televisivos, en la medida en que sujete un número aceptable de audiencia, no por lo que suponga de beneficio para el personal necesitado que lo demanda.

Me ha llamado la atención especialmente en este programa que una cantidad importante de donantes son jubilados, algunos parados y no faltan pequeños que dan parte de su hucha. Realmente esto suena a aquel pasaje del evangelio en que Jesús valora, como donativo más importante para el templo, la moneda que echó una pobre viuda, porque era lo que tenía. Pero más allá de esto, me reafirmo una vez más en mi opinión de que son los mismos ciudadanos los que pueden ser capaces de aportar soluciones al problema de la pobreza y del desamparo social a los que nos encontramos sometidos. Solamente hace falta que se presenten plataformas válidas que sepan encauzar la solidaridad de la buena gente. Mientras las autoridades sobrevuelan la cruda realidad entre números macroeconómicos y le ponen en bandeja nuestras cabezas al gran dios Moloc de los mercados, no nos queda otra que generar iniciativas que generen vida y que ayuden al personal hundido a mantenerse a flote. La solución global del problema, el cambio del sistema no van a ser posible de golpe ni desde arriba, porque los grandes capitales lo tienen cada día más amarrado. Habrá que lograrlo a partir de pequeñas células solidarias que creen un nuevo tejido social.