Día 2 de febrero, sanqueremos desde S, Martín del Carral en Sopuerta a S. Pedro de Galdames (menudo santoral). Tocaba madrugar y no fallaron 19 incombustibles senderistas que esperaban a las 8:35 que el bus a Balmaseda arrancase. Compartimos viaje con los pocos habituales de la línea que ponían cara de sorpresa ante la cantidad de viajeros que se encontraban. El aire era templado y no tuvimos molestias del viento porque todo el recorrido se hace por la cara norte del Ubieta, por lo que hizo de paredón para el viento suroeste. El trayecto recurre en su primera parte en una cuesta arriba no muy pendiente, pero sí constante lo que obligaba a aligerar vestimenta a poco de empezar.
El caminar se hizo algo más lento y pesado porque la pista estaba encharcada en bastantes tramos, cuando no embarrada o llena de hojas arrancadas por los vientos fuertes de jornadas anteriores. Estas circunstancias propiciaron que, por iniciativa del personal de cabeza, se hicieran varias paradas para reagrupar a la gente. Es un tramo lleno de vegetación pero que nos permitía tener vistas al valle de Sopuerta a través de las ramas desprovistas de hojas. Pudimos ver también la afamada Torre Loizaga, famosa por su colección de coches históricos. A poco de pasarla comenzó la zona de descenso hacia Larrea, barrio perteneciente ya a Galdames.
Larrea es un pequeño y bonito núcleo de población con unas casas impresionantes por su diseño y por su mantenimiento. Acudimos a la pequeña plaza, dotada de fuente, abrevadero y lavadero, tal como hicimos la anterior vez que lo visitamos, para hacer el hamaiketako y las fotos de rigor, esta vez con susto incluido porque aquí sí daba el viento que se llevó la cámara de Patxi al suelo en plenas funciones. Apareció por arte de birla y birloque un cepillo ad hoc para quitar el barro del calzado, aprovechando el acceso cómodo al agua, que dio la vuelta al ruedo aliviando el peso y las molestias del mismo a la mayor parte del personal.
Continuamos el descenso a Galdames por la carretera, esta vez en medio de obras en los bordes de la calzada para controlar la caída del agua. Tuvimos la grata sorpresa de contemplar las campas repletas de chibiritas, lo que nos llamó la atención dada las fechas en que estamos. Tal como estaba advertido por los adivinos del tiempo, a poco de retomar la marcha, cambió el panorama, se nubló la mañana y la lluvia anunciada se redujo a unas gotas que no llegaron ni a molestar. Entramos en la parada de inicio del trayecto del bus de vuelta cuando daban las doce en el reloj del campanario, cosa habitual de los pueblos que se ha ido perdiendo en las urbes.
Quedaban cuarenta minutos de espera, por lo que un grupo intentamos aligerarla recorriendo un camino señalizado que nos permitiría coger el bus en alguna de las paradas siguientes. Otros se quedaron pacientes en la marquesina de la parada protegidos del viento. Pero, para sorpresa nuestra, nos encontramos que, a medio kilómetro desde la salida más o menos, el camino estaba vallado y lo que seguía estaba medio comido por la vegetación, así que vuelta para atrás. Como es costumbre en los regresos de las zonas de Enkarterri, nos bajamos en Kabiezes, salvo los que iban a quedarse a comer que siguieron hasta Santurtzi. Dos se quedaron en la misma para coger el bus a Cruces y los demás al metro. Y sin más nos fuimos despidiendo hasta el miércoles que nos volveremos a ver en Santa Águeda.


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